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Autor: TODA,
Eduardo |
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Localización
y transcripción: David Martínez Robles |
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FINAL DE LA DINASTÍA TSING EL emperador TAO-KUANG reinó hasta el año 1851, sin poder conseguir para su país un solo día de tranquilidad. La levadura de la guerra británica acabó de malear el espíritu de las ciudades, donde las sociedades secretas prosperaron como nunca, merced al odio engendrado contra todos los extranjeros: en los campos, los bravos y voluntarios que se alistaron en las filas chinas y fueron licenciados sin haber visto al enemigo, se reunieron fácilmente en bandas de ladrones para luego convertirse en rebeldes y prestar su apoyo á la insurrección más formidable que ha estallado en los tiempos modernos. Ya les encontraremos al hablar de los T'ai-ping en uno de los capítulos siguientes. Ocupó el trono de China HIEN-FENG, tártaro de raza, carácter débil, imbuido de toda clase de preocupaciones contra los extranjeros, y de quien pronto pudo vaticinarse que atraería sobre su país grandes calamidades. La desorganización interna de todos los servicios administrativos causaba grandes daños al comercio exterior, aumentados por la conducta imprudente de las autoridades superiores de las provincias, que parecían haber recibido la consigna de molestar cuanto fuera posible á los europeos establecidos en los puertos. Levantóse entre éstos un gran clamoreo, que no podía menos de llegar hasta las cancillerías de Europa, afectadas por las noticias de sucesos que indudablemente revestían cierta gravedad. Los tratados anteriores no se cumplían: un día, se prohibió á los extranjeros entrar en las ciudades chinas donde era lícito comerciar: otro día, las turbas amotinadas y no contenidas por el virrey de Cantón, asaltaron é incendiaron las factorías europeas. á estas causas generales de malestar y queja, se agregaban otras especiales que afectaban particularmente á dos naciones de Europa, Francia é Inglaterra. La primera registró en su capítulo de cargos contra China las persecuciones de que eran víctimas los misioneros católicos, expulsados de sus residencias, y el asesinato jurídico de uno de ellos, el P. CHAPDELAINE, ejecutado por las autoridades. Las quejas de Inglaterra se referían especialmente al comercio, y entre ellas se contaba la de la confiscación de un buque colocado bajo el pabellón británico. Pronto se entrevió la posibilidad de que las dos naciones se pondrían de acuerdo para obtener del gobierno chino la reparación de todos estos ultrajes, y como las reclamaciones diplomáticas no fueron atendidas, convinieron en confiar á la suerte de las armas el éxito de la contienda que iban de nuevo á presenciar las costas chinas. En el mes de Diciembre de 1857 la flota combinada de las dos naciones remontaba el río de Cantón, y el día 28 bombardeaba la ciudad, desembarcando las tropas que la tomaron por asalto después de un ligero tiroteo con los tártaros de la guarnición, que se apresuraron á huir hacia el interior de la provincia. El primer resultado de la contienda fué la prisión del virrey YEH MIN-CHIN. Este triste personaje había alentado á las turbas para que saquearan los establecimientos europeos: era un hombre duro y cruel, que se vanagloriaba de haber hecho cortar la cabeza á más de setenta mil personas en el espacio de dos años. Queriendo castigarle personalmente, los ingleses le detuvieron y embarcaron para Calcuta, donde murió al poco tiempo degradado por el emperador. Era más fácil tomar á Cantón, que conservarlo y que obtener de la victoria el debido resultado. La captura de la gran ciudad provincial no podía tener otro objeto que el de castigar la mala fe del gobierno chino y obligarle á firmar nuevos tratados más explícitos y sobre todo más ventajosos que los anteriores; pero bien se comprendía que apenas repercutía en Pekín el eco de lo que pasaba en Cantón. Era necesario herir más cerca, y con este propósito se decidió que la expedición pasara á los mares del Norte. Iban con las fuerzas los plenipotenciarios de las dos naciones, los Sres. lord ELGIN y barón GROS, realmente deseosos de no extender las operaciones militares más allá de los límites estrictamente necesarios para conseguir su objeto, y para ello se detuvieron en Shanghai, en donde encontraron comisarios chinos, pero que sin embargo en nada quisieron ceder de sus pretensiones, ni acceder á las que formulaban los dos diplomáticos. Fué preciso continuar las operaciones. La flota subió al golfo de Pe Chi-li, presentándose en la boca del río Peiho que conduce á Pekín. Su entrada estaba protegida por numerosos fuertes; además se había cerrado el canal del río por medio de barreras, y finalmente un numeroso ejército chino debía impedir á todo trance que las fuerzas aliadas subieran por el río. Confiado en estos preparativos, el gobierno imperial acabó por negarse en absoluto á dar satisfacción alguna á los extranjeros. El día 28 de Mayo de 1857, la flota empezó á batir los fuertes, de los que luego se apoderaron las compañías de desembarco: removiéronse las barreras de los canales, y los buques subieron sin dificultad las diez leguas que separan la costa de Tien-tsin, capital provincial del Chi-li, desde la cual sus fuerzas podían amenazar á Pekín, tan sólo situado á cuarenta kilómetros de distancia. Entonces pareció sorprenderse el gobierno chino, comprendiendo la necesidad de detener el curso de las operaciones. Envió á Tien-tsin nuevos comisarios imperiales, y después de penosas negociaciones se pactó el convenio internacional, conocido bajo el nombre de Tratado de 1858, de cuyo contenido nos hemos luego de ocupar. Este acto diplomático debía ser ratificado solemnemente en Pekín, y además una de sus cláusulas estipulaba el envío y la residencia fija en esta capital de un representante diplomático de cada uno de ambos países. Al aceptar esta condición, sin duda alguna el gobierno chino no pensó nunca en cumplirla, porque cuando en 25 de Junio del año siguiente los plenipotenciarios que iban á canjear las ratificaciones del tratado se presentaron con una flotilla de cañoneros de guerra en la boca del Peiho, fueron recibidos á cañonazos de los mismos fuertes destruidos dos años antes y entonces ya reparados. El hecho revestía indudable gravedad, porque en rigor esta vez era el gobierno imperial quien declaraba la guerra á los europeos. Los gabinetes de País y de Londres estudiaron de común acuerdo las medidas que convenía adoptar para imponer un correctivo á la falta de lealtad de los chinos, discrepando durante algún tiempo acerca de la importancia y el objeto de la nueva expedición. El gobierno francés deseaba que se diera el mayor alcance posible á las operaciones militares, adoptando una conducta enérgica que dejara perdurable impresión en el ánimo de los chinos. El gobierno inglés era menos exigente y se mostraba poco inclinado á la guerra en vista de las dificultades inherentes al envío de un ejército al Extremo Oriente, de los considerables gastos que esto ocasionaría, del temor de comprometer los intereses comerciales, y finalmente de su repugnancia á hacer una expedición en común con Francia. Por otra parte, esperaba que una simple demostración de las escuadras bastaría para intimidar á los chinos y convencerles de la necesidad de explicar lo ocurrido el 25 de Junio como una equivocación, que repararían firmando el tratado de Tien-tsin. La situación política de Europa en aquellos momentos, y la evidente frialdad que entonces reinaba entre Inglaterra y Francia, contribuían á que por el momento se adoptaran temperamentos tímidos y prudentes. Sin embargo, á consecuencia de activas negociaciones, seguidas en los meses de Septiembre y Octubre, prevaleció la opinión del gobierno francés y se declaró de nuevo la guerra á China. Inglaterra se comprometió á enviar 18.000 hombres á las órdenes del general GRANT, y Francia 12.000 hombres bajo el general COUSIN DE MONTAUBAN. Las escuadras eran mandadas por los almirantes HOPE y CHARNER. Los ministros de Francia y de Inglaterra, señores DE BOURBOULON y BRUCE, se habían retirado á Shanghai después de los sucesos ocurridos en la boca del Peiho, y esperaban las instrucciones de sus gobiernos respectivos. Durante este tiempo, las relaciones comerciales entre los europeos y los chinos siguieron su curso, no adivinándose que la guerra era inminente en aquellos puertos. Ya en la campaña anterior se había visto á los extranjeros viviendo en paz en Ningpó y en Shanghai, mientras las escuadras bombardeaban á Cantón y á Takú. Aquellos ministros habían recibido órdenes para ajustar su conducta á la actitud que tomara el gobierno chino. Si éste, comprendiendo su falta, ofrecía repararla por iniciativa propia, los plenipotenciarios debían declararse dispuestos á continuar las negociaciones. Pero si el Gabinete de Pekín no hacía declaración alguna, sólo les tocaba esperar el próximo desarrollo de los sucesos. El gobierno imperial no dió pasó alguno para intentar la conciliación: antes al contrario, el mismo emperador aprobó oficialmente el ataque dirigido contra las fuerzas aliadas en Takú, y se ocupaba en activar los preparativos de defensa, que no indicaban deseo alguno de llegar á una solución pacífica del conflicto. Por ello, el día 9 de Marzo de 1860 los dos ministros enviaron por separado un ultimatum al gobierno chino, pidiendo una satisfacción, la ratificación inmediata en Pekín de los tratados de 1858, y una indemnización pecuniaria. Concedieron para la respuesta un plazo de treinta días, pasados los cuales debían empezar las hostilidades si aquel gobierno no satisfacía todas sus peticiones. La contestación dada por el Gran Consejo imperial al virrey de los dos Kiangs, para que éste la transmitiera á los dos ministros extranjeros, era evasiva y difusa, explicándose los hechos en forma que no aparecía la necesidad de aceptar las condiciones impuestas por el ultimatum. Fué, por lo tanto, considerada como una negativa, y en su consecuencia BOURBOULON y BRUCE publicaron el día 4 de Abril un memorandum en el cual decían "que sólo les tocaba dejar á los comandantes de las fuerzas de mar y tierra el cuidado de tomar las medidas coercitivas necesarias para obligar al gobierno chino á cumplir sus compromisos y ofrecer á las potencias aliadas las reparaciones que su conducta desleal en los sucesos del mes de Junio de 1859 había tan ampliamente motivado." Era una forma de declaración de guerra, y ya sólo se esperó la llegada de las tropas de Europa y de la India para empezar las hostilidades. En vista de la gravedad que iban á revestir los asuntos de China, los gobiernos de Paris y de Londres confiaron la dirección de su política en el Extremo Oriente á los dos antiguos embajadores extraordinarios, el baron GROS y lord ELGIN. Y empezaron las operaciones. Después de ocupar la isla Chusan sin hallar resistencia, los generales aliados subieron al golfo de Pe Chi-li, donde llegaron el 6 de Julio de 1860. Las tropas francesas se establecieron en la pequeña península de Chefú mientras que los ingleses acamparon en Ta-lien-van. El día 28 los dos ejércitos se concentraron en la boca del río Petang, donde se elevaban varios fuertes que era preciso ocupar para abrir el camino del Peiho. El día 2 de Agosto se efectuó el ataque con un éxito completo, puesto que los chinos se retiraron en gran desorden, dejando á los aliados dueños de la villa Petang, donde establecieron el cuartel general. El 12 de Agosto se puso en marcha el ejército, y después de varios combates, el 21 atacó los fuertes de la orilla izquierda del Peiho. Las cañoneras de la escuadra tomaron parte muy activa en estas operaciones, terminadas con la ocupación de dichos fuertes después de una defensa bastante obstinada de los chinos. Después de ellos, se rindieron los fuertes de la orilla derecha, y al final de la jornada los aliados se vieron, dueños de cinco fuertes y dos campos atrincherados, de una gran cantidad de armas de todas clases y municiones de guerra, y de quinientas diez y ocho piezas de artillería de grueso calibre. Los chinos hablan acumulado en la embocadura del Peiho muy poderosos medios de defensa, esperando poder detener allí á los aliados. Al convencerse de lo contrario, la misma noche de la captura de los fuertes, el gobernador general de Chi-li dirigió á los dos embajadores una comunicación para anunciarles que era inútil continuar la guerra y que se acababan de nombrar altos comisarios chinos que pondrían fin á las dificultades pendientes. Se les dió cita en Tientsin, adonde fueron los plenipotenciarios extranjeros, hallando á los mandarines KUEI-LIANG y HONG-FU, que declararon tener plenos poderes bastantes para seguir las negociaciones. Abiertas éstas con KUEI-LIANG, conocido de los aliados por ser uno de los firmantes de los tratados de 1858, fué sumamente fácil á los comisarios el ponerse de acuerdo sobre todos los puntos en litigio. Los chinos aceptaban el ultimatum de 8 de Mayo anterior, y convenían en poner inmediatamente en vigor los tratados de comercio firmados en Tien-tsin dos años antes. Pero á la víspera de firmar los preliminares de la paz, los embajadores supieron que KUEI-LIANG no tenia los plenos poderes de que se suponía investido, y que debía esperar instrucciones de Pekín sobre cada una de las condiciones examinadas en las conferencias de los días anteriores. Los aliados creyeron descubrir en esta conducta de los chinos su intención de dar largas á las negociaciones y retardar todo lo posible la presencia del ejército extranjero en la capital del Imperio, por lo cual se apresuraron, el día 7 de Septiembre, á escribir á los comisarios imperiales diciéndoles que, en la situación de que acababan de enterarse, retiraban en absoluto las proposiciones por ellos igualmente aceptadas, y que las tropas anglo-francesas marcharían inmediatamente sobre Tung-chao, ciudad situada á cuatro leguas de Pekín. Apenas iniciado el movimiento del ejército, el principe TSAI, miembro de la familia imperial, y MUH, ministro de la Guerra del Imperio, escribieron á los embajadores que con plenipotencias necesarias se dirigían á Tien-tsin para firmar la paz. Los aliados continuaron sin embargo su camino, avanzando hasta Po-se-vu, á unos treinta kilómetros de Tung-chao. Se convino que las tropas se detendrían á corta distancia de la ciudad, en la cual los embajadores se reunirían con los comisarios imperiales encargados de aceptar todas las condiciones, y que de allí se trasladarían á Pekín, con una escolta de mil hombres, para proceder al canje de ratificaciones de los tratados de 1858. Todo parecía haber concluído. Varios oficiales ingleses y franceses se habían trasladado á Tung-chao y á las aldeas vecinas, tanto para estudiar el campamento de las tropas y preparar las provisiones, como por un simple interés de curiosidad: la vanguardia de los aliados se iba acercando á los limites que le habían sido señalados, cuando de repente, el día 18 de Septiembre, en un lugar llamado Tchan-kia, apareció un ejército tártaro compuesto por más de 40.000 hombres, que atacó á os anglo-franceses. Fué rechazado con grandes pérdidas en menos de una hora. Supúsose primero que los negociadores chinos ignoraban que iba á cometerse este acto de deslealtad, atribuído á la sola iniciativa del príncipe SAN-KAO-LIN, general de las tropas tártaras y jefe del partido retrógrado en la corte de Pekín: pero un edicto impreso y publicado el día 20 de Septiembre, probó que el gobierno no reprobaba la traición cometida contra los aliados. En este curioso documento, el emperador expone su especial manera de considerar el conflicto pendiente con los extranjeros, por lo cual creemos necesario insertar integra su traducción. Dice asi: - "Siempre traté las distintas naciones extranjeras con igual benevolencia: les concedí sin restricción alguna la libertad de comercio. Por ello, franceses é ingleses han permanecido muchos en años China siendo amigos nuestros, sin que la nube de un desacuerdo se interpusiera entre nosotros, hasta que de repente, en el séptimo año de nuestro reinado, fueron á declarar la guerra á la provincia de Cantón, ocuparon brutalmente su capital é hicieron prisioneros á nuestros mandarines. Convencidos de que el virrey YE MING-CHIN había originado tantas desgracias por su torpeza en el manejo de los negocios públicos, no vacilamos en castigarle, y cuando en el año octavo de nuestro reinado, los bárbaros se presentaron en Tien-tsin para negociar, ordenamos al virrey TAN TING-YANG que se pusiera de acuerdo con ellos y resolviera las cuestiones pendientes. Entonces dichos bárbaros, aprovechándose de nuestra buena fe, atacaron los fuertes que no estaban preparados para la defensa y llegaron hasta Tien-tsin sin disparar un tiro." "Por temor á los males sin cuento que podían, atraerse sobre nuestro pueblo, ordenamos al entonces primer ministro KUEI-LIANG y á otros que fueran á negociar con los extranjeros y acabaran la guerra: y como en todos los artículos propuestos por éstos había reservas, hicimos que KUEI-LIANG y los otros se trasladaran á Shanghai para redactar los nuevos aranceles. En el noveno año de nuestro reinado, los bárbaros se presentaron de nuevo delante de Takú con sus buques de guerra y con intención de destruirlo, y entonces fué cuando exasperado nuestro generalísimo SANKO-LI-TSIN les infligió una cruel derrota. Á sí propios deben, pues, atribuirse su desgracia, y no á la China que no faltó á sus compromisos. Esto lo sabe todo el universo. De nuevo este año, los jefes bárbaros ELGIN, GROS y otros se han presentado en la boca del río, y como nosotros no conservamos ningún rencor por lo pasado, les permitimos tomar el camino de Petang para venir á la capital y canjear las ratificaciones de sus tratados." "No podíamos creer entonces que vinieran animados de detestables intenciones, trayendo consigo cañones sobre carros y tropas de infantería y de caballería, con las cuales atacaron por detrás nuestros fuertes de Tankú, dispersaron nuestros ejércitos y por segunda vez entraron en Tien-tsin. Considerando entonces que KUEI-LIANG había conferenciado en años anteriores con los bárbaros en Petang y Tien-tsin, le dimos orden de volver á empezar las negociaciones. Creyendo que dichos bárbaros tendrían alguna noción de la justicia y de las conveniencias sociales, esperamos que formularían peticiones que fueran aceptables: pero no pudimos suponer que adelantarían pretensiones arbitrarias reclamando la indemnización de los gastos de la guerra, la apertura de nuevos puertos, la presencia de sus tropas hasta las inmediaciones de la capital; pretensiones todas ellas de tal suerte exageradas y detestables, que debimos ordenar al príncipe de I, TSAI-YUEN y al ministro de la Guerra MUH que intenten negociar y resolver definitivamente estas cuestiones. Pero los bárbaros sublevados, para satisfacer su orgullo, vinieron á amenazar Tung-chao con su ejército manifestando al propio tiempo su deseo de llegar hasta la capital para vernos personalmente." "De aceptar una pretensión tan insensata, ¿cómo hubiéramos podido presentarnos ante nuestro pueblo? Así, hemos debido dar las órdenes más estrictas á los diversos comandantes de tropas para reunir los jinetes y los infantes de todas partes y llevarles á batirse con furor. También hemos mandado á las provincias y distritos vecinos que convoquen las tropas de reserva para reforzar á los ejércitos y ayudarles á combatir: y que reunan cuerpos de voluntarios. En los caminos y en los campos todo súbdito, mandarín, soldado ó plebeyo, que corte la cabeza de un negro (aludía á los soldados de la India) recibirá 50 taels de recompensa: 100 taels por la cabeza de un blanco, y 500 por la de un jefe. Las personas que podrán incendiar ó apoderarse de un buque bárbaro, recibirán 5.000 taels además de cuanto contenga el buque. El pueblo de Tientsin que tanta fama tiene de valiente y fiel, debe considerar á los bárbaros como enemigos detestables que conviene atacar abiertamente ó con astucia hasta exterminarlos. No somos un emperador que ama la guerra; así no podemos mitigar la pena que nos devora, y de ello el pueblo debe estar convencido. Á aquellos de nuestros súbditos que en Cantón, el Fokién y otros lugares los bárbaros han cogido prisioneros, les consideramos siempre como hijos nuestros y les aconsejamos que procuren huir, cortando la cabeza de un bárbaro para ofrecérnosla; por nuestra parte les recompensaremos generosamente. Estos bárbaros vienen de regiones muy lejanas, con el solo objeto de hacer el comercio, y si las cosas han tomado el aspecto que ahora tienen, es sin duda porque los han atraído los rebeldes y bandidos del Imperio." "Para acabar de destruirlos, ordenamos
á los mandarines de los puertos que tomen las medidas necesarias
á fin de arruinar su comercio. Respecto á las demás
naciones que siguen mostrándose respetuosas y obedientes, y que
mantienen relaciones pacíficas con el Imperio, que no sean perturbadas
sus operaciones mercantiles. Sin embargo, si los bárbaros se
arrepintieran de su crimen y lo reconociesen, les permitiremos disfrutar
de la libertad de comercio en los diferentes puertos, como lo tenían
antes y para probarles que somos un monarca generoso y compasivo. Mas
si, por el contrario, perseveran en su rebelión, que el pueblo
se levante en masa para destruirlos, y nosotros juramos que esta raza
abominable, que no quiere reconocer sus crímenes, será
exterminada de la tierra. Que este edicto sea conocido y respetado por
todos."- Sin embargo los aliados no suspendieron las operaciones militares; siguieron su marcha hacia la capital, y el día 25 de Septiembre atacaron el campo atrincherado de Pa-li-kiao, que defendía el general SAN-KAO-LIN con 25.000 tártaros. Después de cinco horas de combate, los aliados infligieron a éstos una severa derrota, dispersándoles en todas direcciones. Quedáronse allí los anglo-franceses para descansar un par de días, y el 27 recibieron los embajadores un despacho del príncipe KUNG, hermano del emperador, en el cual anunciaba que los comisarios TSAl y MUH hablan sido destituídos por dirigir mal las negociaciones, y que él, príncipe de la familia imperial, habla sido nombrado comisario para firmar la paz. Se le contestó que mientras no fueran devueltos los prisioneros no se suspenderían las operaciones ni se abriría negociación alguna. Y para cumplir la palabra así ofrecida, el día 5 de Octubre salieron las tropas aliadas de Pa-li-kiao, yendo á acampar junto á una gran aldea distante sólo seis kilómetros de Pekín. Al siguiente día, cuando se dirigían hacia la capital, recibieron la noticia de que los restos del ejército tártaro se hablan retirado á Yuen-ming-yuen, residencia de verano del emperador. Hacia allí marcharon para desalojar al enemigo, lo cual consiguieron después de un ligero tiroteo; y grande fué la sorpresa de oficiales y soldados al entrar en el palacio y ver la enorme cantidad de riquezas allí acumuladas desde hacia tres ó cuatro siglos. Bronces, porcelanas, maderas talladas, jadas de gran precio, sederías, bordados, alfombras, tapices y pinturas: todo cuanto el arte chino produjera en sus mejores tiempos y por mano de sus artistas más preclaros, allí tenia completa representación en los mil objetos que adornaban las interminables salas de la imperial morada. Los aliados la saquearon sistemáticamente: se regularizó la distribución desde los generales en jefe hasta los ultimos soldados, y cargados de botín salieron el día 9 de Octubre para poner sitio á la capital. Temblaron de veras las autoridades chinas, y se apresuraron á devolver los prisioneros que les quedaban del 18 Septiembre. Después de someterles á durísimos tormentos, habían muerto buena parte de ellos y sólo pudieron entregar unos pocos, entre ellos M. D'ESCAYRAC DE LAUTURE. Al divulgarse entre el ejército aliado la noticia de los sufrimientos de aquellos infelices, se pensó en tomar en el acto una decisión que hiriera la imaginación de los chinos, y al efecto los ingleses dieron orden de incendiar el palacio de Yuen-ming-yuen. Acampados delante de Pekín, los comandantes aliados hicieron emplazar las baterías de sitio y cuando todo estuvo preparado para el bombardeo, intimaron al príncipe KUNG que entregara una de las puertas de la capital antes del día 13 de Octubre. Empezaron las negociaciones, y convencidos los chinos de la inutilidad de toda resistencia, cedieron por fin a las exigencias de los plenipotenciarios, ratificando los tratados de 1858 y suscribiendo además las nuevas condiciones que lord ELGIN y el barón GROS quisieron imponerles. Como consecuencia de la guerra angla-francesa, se abrieron al comercio extranjero diez puertos de comercio, así como el de Hankao, situado a más de 400 millas de distancia de la mar, en la margen derecha del río Yang-tse: se afirmó el principio general de la exterritorialidad de los europeos en todo el Imperio chino, y se obtuvieron serias garantías de que no se molestaría a los misioneros cristianos en el ejercicio de su sagrado ministerio. Mas importantes fueron, sin embargo, las ventajas. mercantiles obtenidas, pues se suprimieron los antiguos derechos de tránsito que dificultaban extraordinariamente el comercio al interior del país, sustituyéndolos por un impuesto único de 2 1/2, por 100 ad valorem sobre las mercancías importadas, y además, en beneficio de los ingleses, se estableció el derecho de 225 pesetas por la entrada de cada caja de opio. El día 1.° de Noviembre el ejército aliado se retiró de Pekín, y conforme a las estipulaciones de los tratados, un cuerpo de ejército permaneció en Tientsín hasta que el gobierno chino hubo pagado las indemnizaciones convenidas, que, preciso es reconocerlo, fueron harto moderadas. Poco tiempo antes, murió el emperador HIEN-FENG. Al empezar á desarrollarse los sucesos que tan brevemente acabamos de describir, el monarca chino, presa del miedo, se apresuró á abandonar la capital, huyendo á Mandchuria con toda su corte. Encerrado en su palacio de Gehol, parece que hubo de buscar el consuelo de sus penas y la distracción de sus ocios en el exceso de los placeres á que largamente le convidaba su serrallo. Á la edad de treinta años empezó á sentir las consecuencias de su mala conducta, agravadas por los excesivos fríos de la región mandchud, y el 22 de Agosto de 1861 subió á las rutas etéreas á espaldas del dragón, según manifestó el decreto que daba al Imperio la noticia de su muerte, y anunciaba al mismo tiempo la proclamación de su hijo T'UNG-CHI. Éste habla nacido el 27 de Agosto de 1856, y por lo tanto, sólo contaba cinco años de edad. Confióse su cuidado á su tío el príncipe KUNG, hermano del difunto emperador, á quien, como hemos visto, éste había delegado sus poderes al refugiarse en Tartaria, para que ajustara la paz con los europeos é inaugurara la nueva política que por la fuerza se imponía al país. El príncipe KUNG se mostró en extremo hábil, logrando con su astucia vencer las dificultades que la nueva situación política le habla creado: y mientras por una parte trataba con los plenipotenciarios lord ELGIN y el barón GROS, por otra hacia decapitar á los jefes y caudillos del partido moderado chino que hablan querido secuestrar al joven emperador, y de acuerdo con la emperatriz madre, asumía las funciones de la regencia, que durante trece años ejerció con tanta firmeza como inteligencia. T'UNG-CHI se casó el día 16 de Octubre de 1872. En realidad sólo tenía entonces diez y seis años, pero en virtud de una prerrogativa imperial que le daba derecho á sumar dos años más á su edad, se le declaró como teniendo diez y ocho años, y por lo tanto, con derecho á casarse con la primera esposa, que fué buscada en concurso de palacio después de detenidos exámenes medicales, morales é intelectuales. Algún tiempo después se daban dos nuevas mujeres al joven soberano, aunque como es de ley, sólo tenía el rango de emperatriz la primera esposa, que era hija del director de la Academia de Pekín, y que poco tiempo después se suicidó, vencida por el dolor que le causara la pérdida de su imperial marido. El 23 de Febrero de 1873 el emperador fué declarado mayor de edad, y tomó solemne posesión de la corona, conservando á su lado en Pekín al príncipe KUNG, que tan valiosos servicios le había prestado en los últimos turbulentos años. Sin embargo había en la corte un partido profundamente hostil al príncipe y á las ideas de tolerancia y de atracción que tenia con los europeos, y era á todos evidente que el monarca, débil de carácter é inexperimentado, acabaría por ceder á sus manejos y degradar á su tío. Sólo faltaba la ocasión, que se presentó cuando el cuerpo diplomático extranjero exigió que el emperador le recibiera en audiencia solemne en su palacio. Al proclamarse la mayoría del emperador, siguiendo las indicaciones del príncipe KUNG anunció que satisfaría los deseos con gran vehemencia expresados por el cuerpo diplomático extranjero acreditado en Pekín, recibiéndolo en audiencia solemne. Era la vez primera que tal acontecimiento ocurría en el Imperio, y sin duda alguna revestía excepcional importancia por el precedente que establecía contra el carácter casi sobrenatural y sagrado del emperador. Es verdad que las cancillerías diplomáticas ejercieron gran presión en el animo del primer ministro, no calculando quizás que de esta suerte miraban su influencia ya muy combatida por el partido nacional, y sólo atendiendo á una pueril satisfacción del amor propio, que no debía reportarles provecho alguno. Concertada la audiencia, se señaló el día 29 de Junio para celebrarla, acudiendo al palacio imperial los ministros del Japón, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Rusia y Países Bajos. Los de España, Alemania, Austria é Italia, no se hallaban á la sazón en Pekín, y por lo tanto no figuraron en la fiesta. En la ceremonia no ocurrió nada que merezca llamar la atención: todos los ministros fueron recibidos á la vez: uno de ellos leyó un mensaje, y el príncipe KUNG, en nombre del emperador que estaba sentado en el trono, les preguntó por la salud de sus respectivos soberanos, retirándose luego después de inclinar tres veces la cabeza ante el monarca. Esta fiesta se indigestó de tal manera al elemento oficial chino, que al día siguiente, mientras la Gaceta de Pekín no la aludía en lo más mínimo, entre sus pliegos tenía una hoja volante redactada por mandarines que quisieron desvirtuar el efecto que su noticia causaría en el país. Al efecto hicieron de los hechos una relación fantástica, que á pesar de sus manifiestas necedades fué tomada por el público indígena como artículo de fe. Decia lo siguiente: "En Pekín, desde que el emperador se ha encargado del gobierno, la lluvia y el sol alternan en el curso regular de las estaciones y el pueblo descansa tranquilo. Respecto á la audiencia de los enviados extranjeros, lo que éstos querían en primer término, era ser llevados en palanquines dentro de la gran puerta Tai-ho Men del real palacio, y entrar en la sala de audiencia con las espadas en el cinto. Pidieron que el emperador descendiera de su trono, y que con sus propias manos recogiera las cartas credenciales; pero oyendo esto el gran secretario VEN-TSIANG rompió la taza de té que tenia en la mano y se opuso enérgicamente á tales disparates: finalmente se convino en celebrar la audiencia en el Tazu-kuang Ko el día 6 de la sexta luna. Se ensayaron las ceremonias en el Tsung-li Yamen el día anterior, pero se hizo de un modo poco formal, entre las conversaciones y las risas de los presentes, sin que nadie se fijara atentamente en el asunto. En el día señalado, formó la brigada de guardias en la puerta del parque del Oeste, llevando uniformes nuevos y los sables desenvainados. Los representantes de Francia, América, Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia con su séquito (en todo doce personas de seis diferentes comarcas), fueron introducidos por los jefes del Tsung-li Yamen por la puerta del parque, permitiéndoles llevar las espadas puestas. Á medida que pasaban por las varias puertas, éstas se iban cerrando. Al llegar á la entrada del salón del trono, los funcionarios del Yamen se retiraron, dejando á los representantes que llegaran hasta los pies del emperador, al que saludaron inclinando el cuerpo, pero sin arrodillarse. Al lado de las gradas se colocó una mesa amarilla, en la cual los ministros dejaron sus credenciales y formaron en fila dejando al inglés que leyera el mensaje. Pero pronto se notó que después de algunos párrafos se puso á temblar, siéndole imposible terminar la lectura. El emperador entonces le preguntó: - "¿Está bien el príncipe de su país? "No pudo tampoco dar contestación alguna, y cuando intentó entregar el mensaje, cayó al suelo y se levantó repetidas veces sin poder articular una palabra. Entonces el príncipe KUNG, riendo con toda la fuerza de sus pulmones, exclamó: - "¡Plumas de ave! "y dió orden para que se levantara al embajador, quien como ya no podía hacerlo por sí mismo, se sentó en el suelo sudando copiosamente. Los demás ministros pronunciaron algunas palabras ininteligibles y se retiraron, dispersándose en gran confusión. Como tampoco pudieran asistir al banquete, el príncípe KUNG les dijo: - "No quisisteis creer que no se puede impunemente mirar la cara de la real majestad: ¿qué tenéis ahora que decir? Ha ocurrido lo que llamamos en chino plumas de ave, y el Imperio entero se reirá de vosotros. "Aunque el trono distaba sólo unos pocos pasos de los ministros extranjeros, éstos declaran que no vieron la cara celestial del monarca. Sin duda hubo alguna divina aparición ante sus ojos, que les turbó y asustó de tal manera."
La imposición de esta ceremonia costó el destino al príncipe KuNG. Sus enemigos le atacaron con mayor dureza, el mismo emperador se vio contrariado por las escasas muestras de respeto que recibió de los extranjeros, y en el pueblo se fomentó cierta agitación contra un acto que disminuía el prestigio imperial. Resultado de todo ello fué que al poco tiempo KUNG fué degradado de sus títulos, cargos y honores, bajo la acusación de las veleidades de independencia que demostraba, aunque al poco tiempo hubo de volver á dirigir los consejos del monarca. A fines de Julio de 1870, un grave acontecimiento ocurrido en China vino á llamar la atención de todos los pueblos de Europa: por un lacónico telegrama expedido por la vía de Siberia, se supo que la colonia francesa de tientsin había sido asesinada por el populacho. Tientsin es una ciudad de un millón de almas, capital de la provincia de Chi-li y punto de gran importancia por estar situado entre dos grandes arterias navegables, el río Peiho y el Gran Canal. Sus habitantes estaban excitados hacía tiempo contra los misioneros católicos, acusados por la preocupación popular de robar niños, degollarles y emplear sus ojos y otras partes del cuerpo para preparados farmacéuticos; y á mantener la alarma contribuían no poco los literatos, que si interiormente no creían tales patrañas, en cambio hacían lo posible para divulgarlas entre las gentes crédulas. Digamos, para ser justos, que ciertas apariencias condenaban á los misioneros, viniendo como á dar la razón al pueblo. Sabido es que en China no se siente respeto alguno por los niños, y que los infanticidios de recién nacidos y los secuestros de niños menores son crímenes que se repiten cuotidianamente en todas las ciudades. Una de las obras de las misiones católicas consiste en recoger los niños abandonados para criarles y enseñarles la doctrina, conservándoles hasta que son adultos, para luego casarles y formar de esta suerte el núcleo de las colonias cristianas. Ciertamente por abundantes que sean los fondos de las misiones, no llegan nunca á satisfacer las necesidades de todos los niños que se podrían recoger, cuyo número seria inmenso; lo cual prueba, desde luego, que ninguna necesidad tienen de acudir á medios ilícitos para tener pupilos con que llenar sus asilos. Mas á pesar de ello, con frecuencia ocurrió el caso que los secuestradores de muchachos para venderlos á los marineros, ó de niñas para hacer con ellas un comercio indigno, cuando se veían sorprendidos por las autoridades declaraban ser emisarios cristianos, y algunas veces exhibían cruces y signos católicos para ver si de esta manera conseguían obtener la protección de algún cónsul europeo. Tales hechos ocurrieron en Tientsin, y llegados á noticia de las autoridades, éstas reclamaron el derecho de girar una visita á los establecimientos benéficos cristianos, lo cual les fué negado por sus directores con evidente falta de buen sentido. Empezó entonces á manifestarse la indignación de los indígenas contra los europeos, y las esquinas de las calles se llenaron de proclamas incendiarias en las que se aconsejaba al pueblo á tomarse la justicia por su mano destruyendo las moradas de los extranjeros. Una proclama ambigua publicada por el magistrado local sólo sirvió para excitar más aún el ánimo de las turbas. Todos presentían que era inminente una catástrofe, y sobre sus posibles consecuencias el cónsul inglés llamó la atención del gobernador TCHUNG-HAO en los días 18 y 20 de Junio. El día 21 por la mañana una gran multitud rodeó el consulado de Francia y la misión de los padres lazaristas, situados en el centro de la ciudad china. El cónsul Mr. FONTANIER y su vicecónsul Mr. SIMON, alarmados ante los propósitos de aquella muchedumbre, se trasladaron al palacio del gobernador, donde parece que tuvieron una violenta escena con TCHUNG-HAO, puesto que éste se retiró dejándoles solos en la sala donde se celebraba la conferencia. Al salir los dos agentes franceses, fueron asesinados por las turbas, que al mismo tiempo se dirigieron á atacar los edificios de las misiones. Empezaron por el convento de las hermanas de la caridad, que, en número de nueve, hablan llegado á Tientsin hacia poco tiempo: todas sufrieron los más asquerosos ultrajes, las arrancaron los ojos, las empalaron y finalmente echaron sus cuerpos á la hoguera hecha con los muebles del convento. Las casas de los lazaristas y de los jesuitas fueron también incendiadas, después de haber asesinado á sus moradores: los chinos cristianos sufrieron igual suerte, y sólo los niños del hospicio pudieron escapar, no sin que cuarenta de ellos perecieran asfixiados en una cueva. donde pensaron hallar seguro refugio. El consulado francés fué invadido y saqueado, y dos huéspedes del cónsul que pocos días antes habían llegado de Shanghai, los esposos THOMASIN, fueron asesinados. Igual suerte cupo á un francés establecido en las inmediaciones del lugar: su mujer pudo escapar ocultándose en otra casa, pero descubierta por la noche, fue degollada. Finalmente, tres rusos que por desgracia pasaban cerca del sitio de estas ocurrencias, tuvieron igual trágico fin. Como es de suponer, las colonias extranjeras en China se conmovieron al conocer la gravedad de aquellos hechos, perpetrados no sólo por los ladrones y piratas que son la escoria de toda ciudad china, sino por todos los habitantes de Tientsin, y especialmente por los bomberos, que se reunieron al toque de alarma del gong ó campana, y que una vez destruidas las misiones volvieron tranquilamente á sus casas. Por mal trance pasaba el gobierno francés en aquellos momentos. Había estallado la guerra franco-alemana, y la interminable serie de desastres que siguieron á la ruptura de las dos naciones, hicieron descartar toda idea de una intervención efectiva para exigir á la China la completa reparación del ultraje; Quizás estas circunstancias, conocidas en el Extremo Oriente lo mismo que en Europa, contribuyeron á avivar los odios de los partidos de la corte contra los extranjeros, creyéndose que se presentaba una magnifica ocasión para expulsarlos de sus costas. Los moderados, con ISENG KUO-FAN á la cabeza, opinaban porque se declarase la guerra á los europeos, sosteniendo que con el ejército indígena instruido á la moderna y bien armado con fusiles, se podía resistir á todos ellos. Otros cortesanos se contentaban con pedir la destrucción de todos los establecimientos católicos. Hubo un momento en que pareció inevitable un gran conflicto. El buen sentido del príncipe KUNG salvó la situación que tan gravemente querían comprometer otros ilusos gobernantes chinos. Demostró la necesidad de cumplir al pie de la letra los tratados, y de vivir en buena inteligencia con los extranjeros, y por su conejo, se dió una satisfacción cumplida al representante de Francia, se indemnizaron con dinero las pérdidas causadas por el motín, y se comisionó para que fuera á dar explicaciones al gobierno francés al mismo TCHUNG-HAO, el gobernador de Tientsin, que no supo ó no quiso contener á las turbas el día del motín. De los demás sucesos ocurridos en China durante este reinado, hablaremos al ocuparnos de las rebeliones, pues no fueron otros los hechos culminantes del mando de este desgraciado monarca, que en 1875 moría, dejando el trono al actual emperador KUANG-SU, en quien cerramos la historia del Imperio. |