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CAPÍTULO
XXIX
He aprovechado la circunstancia de señalar
la existencia de nuestras misiones cristianas en el reino anamita, para
describir su organización general y notar los inconvenientes
que se oponen á que su obra de propaganda sea todo lo rápida
y tranquila que podría desearse. Réstame ahora decir cuatro
palabras acerca los Vicariatos que nuestros frailes ocupan en las provincias
del Celeste imperio.
La primera y más importante Misión española en
aquellas regiones está formada por la provincia del Fukién,
y se divide en dos Vicariatos, el de Tuchún y el de Emuy, que
corren á cargo de la provincia del Santísimo Rosario de
Filipinas, ó sea de los frailes dominicanos. Cuenta actualmente
dos Obispos, veintidós misioneros españoles, diez y siete
sacerdotes chinos, y varios catequistas también indígenas,
entre los cuales hay algunas mujeres.
Los establecimientos y edificios religiosos que estas dos misiones poseen,
consisten en treinta iglesias, quince capillas, seis asilos y un centenar
de casas particulares donde habitan los frailes, sus compañeros
chinos y sus servidores. Excede el número de casas al de misioneros,
por la necesidad que éstos tienen de viajar continuamente de
un punto á otro para atender á los cristianos esparcidos
por los vastos territorios de la provincia, y asegurarse por tanto un
lugar donde puedan descansar de sus fatigas, pues jamás serían
recibidos en las malas posadas del interior del reino.
Las iglesias y capillas son modestísimas, con sus paredes blanqueadas
con cal, su recinto estrecho y oscuro, su falta de todo ornato si exceptuamos
el pequeño altar del sacrificio, en el cual invariablemente se
veía Cristo en la cruz, San Domingo y muy frecuentemente la Virgen
Malia, rodeada de flores de papel, sostenida por nubes de gasa y alumbrada
por pequeños cirios encarnados de los que se fabrican con sebo
en el país, Allí se reunen las congregaciones, separados
los hombres de las mujeres, rezando todos en alta voz y elevando al
cielo sus preces cristianas con ritmo poco acompasado y cadencioso,
que revela las escasas facultades musicales en aquellas gentes. Sin
embargo, hay un no sé qué de primitivo y simpático
en el culto de las colonias católicas de China, algo que á
mis ojos las hacia aparecer como serían sin duda las de los primeros
cristianos en los primeros siglos de la iglesia. La devoción
de los fieles es tanto más profunda, cuanto menos comprende los
misterios que adoran ni la sublimidad de la palabra sagrada que el ministro
les dirige desde el altar en los días de precepto.
Una innovación se ha introducido recientemente en nuestras misiones
del Fukién con la creación de los asilos para niñas
abandonadas por sus padres. En el capitulo de este mismo libro dedicado
á describir las misiones sociales del Celeste imperio, he reseñado
la costumbre inhumana de matar el treinta y hasta el cuarenta por ciento
de muchachas que nacen en las familias pobres. Algunas veces repugna
a los padres dar a sus hijas muerte violenta y prefieren abandonarlas
en medio de la calle ó á la puerta de un templo: y en
estos casos los misioneros las recogen y llevan á sus asilos
para salvarlas si es posible y criarlas luego hasta que puedan ser destinadas
á mujeres de los chinos cristianos.
En estos asilos, inútil es decirlo, la mortalidad asciende á
cifras que espantan. Nuestros misioneros dominicanos recogen todos los
años más de dos mil niñas, y de ellas salvan apenas
un centenar. Tal debe ocurrir fatalmente si se consideran las condiciones
en que aquellas infelices criaturas son halladas y las grandes dificultades
con que se tropieza para su cría hasta que alcanzan quince ó
veinte meses de edad. Expuestas siempre de noche, han debido pasar largas
horas, envueltas entre papeles ó harapos, en el cenagoso arroyo
de las calles, hasta que alguna persona se apercibe de ellas. Y ésta
no cuida de recogerlas y entregarlas en seguida: espera cobrar una prima
por su hallazgo, y empieza con el director del asilo una negociación,
que no termina hasta que se ofrece una pequeña cantidad de dinero,
una ó dos pesetas á lo sumo. En tales casos, las niñas
llegan á los asilos medio muertas y se necesitara un verdadero
milagro de Dios para volverlas á la vida.
Además las nodrizas faltan en los asilos. Es preciso que una
mujer china sea muy pobre y miserable, para que se preste á servir
de ama de cría en los orfelinatos cristianos, pues con ello se
rebaja á los ojos de las gentes que la conocen. El numero de
nodrizas de que ordinariamente puede disponer el, asilo es siempre muy
inferior al que, exigiría el numero de acogidos con que cuenta:
así es que se recurre á la nutrición artificial,
y el funesto biberón se encarga de acelerar la muerte de aquellas
infelices.
Los asilos españoles de la provincia de Fukién están
servidos y gobernados por Madres dominicanas, procedentes unas de Barcelona
y llamadas otras de italia. Este dualismo de procedencia de las monjas
ha sido causa de frecuentes desacuerdos con nuestros misioneros, para
los cuales las cuestiones de nacionalidad surgen con harta frecuencia
hasta en las relaciones entre los distintos Vicariatos. Jamás
pude comprender en China por qué en misiones puramente españolas
se introdujo el elemento extraño de las Madres italianas, cuando
ciertamente no falta devoción y sobra entusiamo á las
religiosas de nuestro conventos para afrontar los peligros de la mar
y presentarse á cumplir su evangélica misión en
el continente asiático, como la cumplen en Oceania y en América.
Las niñas acogidas en los asilos que pudieron ser salvadas, reciben
una educación estrictamente china; se las enseña con el
deseo de que puedan formar una familia cristiana, y bien sabido es que
el marido que las elija ha de pertenecer á las últimas
clases de la sociedad. Sin embargo, alguna vez esas, muchachas salen
de su país. Hace ya algún tiempo se ha desarrollado entre
las familias españolas residentes en Filipinas la manía
de poseer una chinita, como allá dicen, y con frecuencia los
misioneros y los cónsules reciben cartas pidiendo el envío
de una niña que desea utilizarse como criada. Allá van
esas infelices á ser infinitamente más desgraciadas que
si nunca abandonaran su tierra, pues se las transporta á una
sociedad que no conocen, deben salir de su ordinaria vida, no pueden
prosperar en la profesión á que se las destina, y, finalmente,
vense con harta frecuencia abandonadas cuando ya se crearon necesidades
que les impedirán para siempre ser lo que hubieran sido en China,
sufridas compañeras de algún modesto trabajador. Por mi
parte, jamás quise prestarme á esos envíos de muchachas
chinas que varias veces me reclamaron amigos de Manila.
Los orfelinatos cristianos en China gozan de malísima reputación
entre los indígenas y son atrozmente calumniados por aquel pueblo
que ni comprende el bien ni se explica que nadie quiera practicarlo.
Evidentemente, la muerte recoge crecido tributo en esos asilos, ya que
casi sólo cuerpos moribundos entran por sus puertas; pero el
fanatismo popular que no razona, ve en todas las defunciones que ocurren
la mano criminal de las Madres religiosas matando á sus recogidas
para practicar extraños hechizos y conjuros con los corazones
que arrancan calientes del pecho y los ojos que extraen de las órbitas
antes aun que se oscurezca el último rayo de luz que los animara.
Esta preocupación está profundísimamente arraigada
en el país, domina á todo el mundo, es causa de la profunda
aversión que los asilos de niñas inspiran, y hasta hace
pocos años, en uno de los puertos del Norte del imperio, provocó
horribles matanzas de europeos que empezaron con el asesinato y la mutilación
de once Hermanas de la Caridad, á cuyo cargo estaba el cristiano
asilo.
Buena prueba de esa inconcebible aversión de los chinos ofrece
el hecho siguiente. Para ver si conseguían recoger las niñas
en mejores condiciones, los misioneros idearon comprarlas, es decir,
ofrecer un premio en dinero á los padres que quisieran deshacerse
de ellas y las llevaran al asilo. Pocos han' ido los chinos que han
aprovechado esta coyuntura para procurarse algún dinero, ellos,
que al dinero lo sacrifican todo. Prefieren matar a sus hijas ó
dejarlas morir expuestas á la intemperie, ó enterrarlas
vivas en un muladar para que los cerdos las descubran y las coman, á
entregarlas á los orfelinatos. Y no se crea que con ello obedecen
á algún sentimiento de fanatismo religioso, no; son simplemente
su hostilidad irracional y sus supersticiones groseras las que les impulsan
á preferir en todo caso la muerte de aquellas niñas.
Pasemos á ocuparnos ahora de las misiones de Formosa. Son también
españolas, y como las de la provincia del Fukién datan
del siglo XVii y están, dirigidas por los frailes dominicanos.
Han sufrido, sin embargo, intermitencias de abandono, pues en distintas
ocasiones la falta de personal hizo que quedaran desiertas. Actualmente
se encuentran en buen camino, y es de esperar que prosperarán
en lo sucesivo, gracias al enérgico celo de dos infatigables
propagandistas que las han tenido á su cargo, los Padres FERNANDO
SAiNZ y FRANCiSCO HERCE. Conocí á ambos misioneros y de
su trato pude deducir la inteligencia que han aportado al cumplimiento
de la obra de evangelización que les fué encomendada,
y el deseo por ambos sentido de establecer definitivamente aquellas
misiones, cuya importancia no alcanzan aún á comprender
los que debieran tener fija la vista en las posibles contingencias de
la política colonial europea en el Extremo Oriente.
En carta escrita hace pocas semanas, el Padre HERCE, que daba cuenta
á sus superiores del estado en que se encuentra aquella misión.
Hasta ahora los esfuerzos de la misma se han concentrado al Sur de la
bella isla, llamada Taiván por los chinos, en donde cuatro frailes
españoles y un sacerdote tunkinés ocupan cinco residencias,
descritas en los términos siguientes:
- La primera residencia, que fundó el Padre Fray FERNANDO SAINZ,
está á unos tres cuartos de hora del puerto de Takao.
Se llama Chemking, y suele residir en ella el Vicario provincial: tiene
casa é iglesia para unos cuarenta cristianos. Actualmente pasan
de doscientos diseminados en seis pueblos distantes de la iglesia cosa
de una hora de camino.
- La segunda es Bamking cheng: está á saliente Chemking,
al pie de la cordillera, y dista un día de viaje. Tiene casa
é iglesia para mil quinientos cristianos ó más.
En la actualidad pasan de quinientos, repartidos en tres ó cuatro
pueblos, á una hora de camino algunos.
- La tercera está en Taiván fu, capital del Sur de la
isla: tiene una casita con oratorio en uno de los cuartos bajos. Reside
en ella el Padre tonkinés, y solamente hay unos veinte y tantos
cristianos, pues á pesar de estar intramuros, aquel sitio es
un verdadero desierto, distante más de una milla de la verdadera
población, y nadie se aproxima por allí. Así es
que se trata de establecer nuestra estancia en un lugar más céntrico
de la población. Dista de Chemking ó Takao un día
de camino hacia el Norte.
- La cuarta es Soalun, dos jornadas al Norte de Taiván fú
y tres de Chemking. Tiene una casita con tres cuartos y un oratorio
para unos cien cristianos. Actualmente serán unos sesenta ó
setenta.
-La quinta residencia es Luchú chung, un día al Norte
de la anterior y cuatro de Chemking. Tiene casa é iglesia para
unos quinientos cristianos: hoy son ciento sesenta y en los pueblos
limítrofes hay varios catecúmenos.
Los anteriores datos, que se refieren al momento presente, revelan claramente
el pobre resultado que obtiene en China el esfuerzo de nuestros misioneros
para implantar la nueva fe. Sin embargo es preciso secundar á
toda costa ese esfuerzo, proteger á los frailes, facilitar su
obra y mayormente en la isla Formosa, cuyos destinos nadie ha fijado
todavía. La influencia española debe hoy desarrollarse
allí pacíficamente en espera de mejores tiempos.
¿Cuáles son esos tiempos? ¿cuáles esos destinos?
No he de aventurarme á hacer profecías, pero sí
ha de serme lícito recoger las consecuencias que deduje de mis
observaciones en el Imperio chino. Ó España reniega de
una vez y para siempre de su política colonial, de sus antecedentes
en la historia, de su misión en Oriente, ó debe permanecer
con la vista fija en la espléndida isla que los portugueses bautizaron
con el nombre de Formosa, asombrados por la belleza que sus valles y
sus montañas ofrecían. Desde el Sur de las sierras de
Taiván, en día claro y sereno, se divisan las enhiestas
cimas de las islas Batanes, las primeras de nuestro rico archipiélago
filipino. Cercana es la distancia entre las dos' tierras, iguales los
productos de su suelo, idéntica la raza que las puebla. La isla
Formosa debe ser considerada por nosotros como la prolongación
natural de nuestra colonia del Extremo Oriente.
Mientras, como ahora, permanezca en poder de los chinos, que á
fin de cuentas sólo ocupan la limitada zona de su costa occidental,
y ni la gobiernan, ni la explotan, ni la cuidan, podemos dejar que traquilamente
las cosas sigan. su curso natural. Pero si mañana cualquier complicación
extraña turbara el equilibrio existente en el gran imperio asiático,
y éste, como es de prever, se hundiera entre las ruinas de sus
instituciones actuales ó se desmenbrara en los diferentes reinos
que hoy forman su heterogéneo conjunto, deber nuestro sería
evitar que por cualquier accidente pasara Formosa á otro dominio
que no fuese el español. Nos abonarán para ello nuestros
antecedentes en la isla, ya que fuimos el primer pueblo civilizado que
la ocupara, y nos daría fuerza incontrastable el derecho que
tenemos á asegurar la tranquilidad de nuestras posesiones, que
podría perturbar molesto vecidario de huéspedes extraños.
Harto hemos perdido en el desgraciado asunto de Borneo para que de nuevo
podamos abdicar otra de nuestras legítimas aspiraciones.
Al hablar de las misiones dominicanas establecidas en el Celeste imperio,
no puedo pasar por alto un punto culminante de la influencia religiosa
española entre el elemento indígena de aquel país.
Nuestros frailes, que van á China á predicar el Evangelio,
han creado también centros de conversión en las mismas
islas Filipinas, para los inmigrantes que se establecen en el país.
Y rara cosa sucede con estas conversiones, que se cuentan por millares
en el dominio español mientras que en el vecino continente tienen
por desgracia éxito muy escaso. Muchos, muchísimos son
los chinos que en, Manila y otras poblaciones de nuestro archipiélago
todos los años abjuran solemnemente los errores de Budha, inclinan
la cabeza en la fuente sagrada del bautismo que lava el pecado de nuestro
origen, y adornan su cuello con cruces y medallas que han de atraerles
la intercesión de los Santos y la protección de Dios.
Fastuosa ceremonia es la que todo chino celebra en Filipinas el día
en que se convierte. Busca un padrino en las mejores clases de aquella
sociedad, cuyo nombre toma en la pila bautismal; convida á todas
sus relaciones, hace regalos á sus amigos. Celebra el acto con
la solemnidad que le permiten los medios de que dispone y no le pesan
los gastos que esto le ocasiona, porque, en suma, tiene la íntima
convicción de que aquel día hace... un buen negocio.
No ,exagero. Los chinos que se convierten en Filipinas, ó buscan
la protección del personaje á quien nombran por padrino,
ó desean casarse con una mujer del país. En el primer
caso hemos visto á celestiales que fueron acompañadas
á la iglesia hasta por las primeras Autoridades de la isla, y
ciertamente tanta complacencia sólo pudo determinarla la entidad
ó cuantía del obsequio por éstas recibido. En el
segundo, sólo pudo impulsarles el deseo de adquirir una mujer
que no pudieron ni seducir ni comprar; y su matrimonio durará
el tiempo que permanezcan en aquellas tierras, pues en la propia les
esperan otro hogar y otras mujeres de las cuales por nada en este mundo
harían el sa crificio.
Ante tales consideraciones, ¿no se podría acusar de ligereza
á los frailes españoles que sancionan esas conversiones?
El mismo celo religioso hace creer á muchos de éstos en
la sinceridad de los propósitos que los chinos manifiestan, y
su falta de experiencia acelera un acto siempre inútil por lo
menos, muchas veces perjudicial. La prueba la tienen cerca y los resultados
deben aparacerles á la vista. Todos los años entran en
China siete ú ocho mil indígenas procedentes de Filipinas.
La mitad de ellos por lo menos se convirtieron al cristianismo. ¿
Qué hacen? Apenas el vapor que les ha llevado á su patria
ha doblado la punta de Mariveles y se lanza en pleno mar de China, aquellos
conversos tiran al agua sus cruces, sus medallas, sus libros de oración,
que en su país les denunciarían como gentes sospechosas,
y para todo el resto de su vida olvidan que un día fueron cristianos,
si á este hecho no va asociado el recuerdo de los beneficios
materiales que su conversión pudo reportarles. Más de
una vez hablé de este asunto con el Padre Fray GUILLERMO BURNÓ,
respetable misionero dominicano que ha residido durante muchísimos
años en Emuy. Por ese puerto entran en China casi todos los emigrantes,
pues en largo periodo de tiempo sólo tres chinos se presentaron
al fraile español; uno para saludarle, otro solicitando un favor
y el tercero pidiéndole dinero. Concluiré este capitulo
señalando la existencia en Hongkong de una sucursal de nuestras
misiones dominicanas. A lo alto del Caine Road vese un gran edificio
construido en la vertiente de la montaña, en medio de un espacioso
jardín. En la puerta de este edificio se ve una inscripción
inglesa que dice: Spanish Dominican Procuration. Es el convento español,
es decir, el centro que los Padres dominicanos de Filipinas establecieron
hace mucho tiempo para que les sirviera de intermediario entre las Autoridades
de la Orden residentes en Manila y los misioneros esparcidos por el
Tunkín, el Fokién y la isla Formosa. En esta Procuración
suelen residir de ordinario dos Padres, cuyo trabajo consiste, no solamente
en atender las necesidades de las misiones, sino en administrar ciertos
fondos que su Orden colocó en la colonia inglesa para asegurar
con sus productos la marcha de aquéllas. Es decir, que hay allí
como una tentativa ó un deseo de emancipar las misiones, en su
parte económica por lo menos, de la intervención directa
de Manila, dejándolas con bienes propios en un punto cercano
á sus distritos.
La Procuración de Hongkong fué para mi gratísimo
asilo durante los dos años que permanecí en aquel establecimiento
británico. En las calurosas tardes de verano, cuando una atmósfera
de plomo pesaba sobre la ciudad, subía á aquella altura,
y en las frescas galerías del convento encontraba la brisa que
me negaban las calles del puerto. Además, desde allí se
domina de un extremo á otro la extensa Victoria Bay, desarrollándose
ante la vista uno de los panoramas más hermosos que cabe imaginar
en China. ¡Cuántas veces, al ver salir un vapor con rumbo
á Europa, nos acordamos de la lejana España! Hasta parecióme
que ligera nube cruzaba entonces el semblante de aquellos frailes, condenados
é irremisiblemente á no volver á verla.
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