Autor: TODA, Eduardo
Título: La vida en el Celeste Imperio

Edición: El Progreso Editorial
Año: 1887

Localización: Biblioteca Universitat Pompeu Fabra, Barcelona
Extensión del documento digitalizado:
3.063 palabras / 18.493 caracteres

Localización y transcripción: David Martínez Robles

CAPÍTULO XXVIII

Sabido es que las órdenes monásticas españolas establecidas en las islas Filipinas mantienen desde hace cuatro siglos numerosas misiones católicas en el Celeste Imperio. Pero ignórase generalmente en qué puntos estas misiones radican, de qué personal se componen, qué influencia ejercen en el país y qué beneficios puede España reportar de esa influencia. Por tanto, antes de concluir el presente libro, considero pertinente decir algo acerca de una cuestión que no carece de importancia.

Al hablar de Macao, expliqué el origen de las misiones españolas en China y relaté las desventuras de los Padres ALFARO y PISARO. Era aquella la vez primera que nuestros frailes, llenos de ardor por la propagación de la fe católica, recorrían los mares yendo desde España á América, de ésta á Oceania y de aquí al Asia para llevar la luz de la verdad á los que vivían en las sombras del paganismo y la ignorancia. Iniciábase entonces para nuestros héroes la época de trabajos y martirios, que duró desde las primeras persecuciones de los portugueses de Macao hasta las últimas sangrientas hecatombes del Tunkín en 1856 y 1857.


La consolidación del poder español en las islas: Filipinas y el consiguiente establecimiento en estas islas de las órdenes monásticas, debían, como inmediata consecuencia, vigorizar la propagación de la fe en las vecinas tierras del continente asiático, pobladas por infieles. Los primeros religiosos que se lanzaron á predicar el Evangelio entre los budhistas chinos fueron los franciscanos; les siguieron luego los agustinos y los dominicanos, pero solamente estos últimos consiguieron establecerse sólidamente en aquel país á pesar de los vejámenes; y de las horribles persecuciones de que fueron objeto en el curso de los tres últimos siglos.
Tierra fructífera para el esfuerzo de los dominicanos españoles ha sido el Tunkín, actualmente agregado al reino anamita, pero que hasta principios del presente siglo formó un reino independiente. Allí nuestros Padres erigieron dos Obispados, Vicariatos, corno se llaman en el país, y con el incesante trabajo de los pastores y de sus devotos misioneros consiguieron crear numerosas colonias católicas que en algunas comarcas constituyen la mayoría de sus habitantes. El número de cristianos en en el Tunkín ha llegado á ascender á más de un millón.
¡Cuánto sacrificio, cuánta lucha y abnegación han sido necesarios para obtener tal resultado! Concretando mi reseña á lo ocurrido solamente en estos últimos años, baste recordar la horrorosa persecución decretada por Tu Duc, aquel soberano tan imbécil como vicioso y criminal que un día ordenó exterminar á todos los cristianos que existían en sus dominios. Terribles fueron las consecuencias del bárbaro mandato; á millares perecieron los anamitas convertidos, las iglesias fueron destruidas, dispersas las misiones, y nuestros Padres debieron abandonar el Tunkín y refugiarse en Macao, no sin haber dejado en manos de sus feroces enemigos al Obispo DELGADO y á cuatro ó cinco frailes españoles que en horrible suplicio alcanzaron la palma del martirio. Hiela el alma leer la relación de los tormentos á que nuestros infelices compatriotas fueron condenados.

Los misioneros podían perdonar á sus perseguidores, pero España no debía dejar impunes los atentados de que fueron víctimas sus súbditos; y así comprendiéndolo el Gobierno, organizó la expedición del coronel PALANCA combinada con la que dirigieron los franceses para castigar iguales atropellos. Era el año de 1859. Nuestros soldados filipinos se cubrieron de gloria en aquellas jornadas y España renunció generosamente á las ventajas territoriales que de la campaña podía haber reportado, contentándose con exigir una pequeña indemnización que, pagada mal y tarde, no cubrió siquiera los gastos que ésta ocasionara, y con asegurar hasta cierto punto la tranquilidad de nuestros misioneros en los Vicariatos tunkineses. En efecto, desde entonces cesaron las persecuciones manifiestas y violentas de que antes eran objeto los misioneros españoles, pero no se evitó que los mandarines del país les incomodaran en el ejercicio de su sagrado ministerio, les pusieran todo género de trabas al desarrollo de su propaganda y no desperdiciaran ocasión de negarles la propiedad ó alterarles la pacifica posesión de sus edificios y sus templos.

Y no son estos los únicos inconvenientes con que han tropezado nuestras misiones del Extremo Oriente. Es preciso haber residido en aquel país, y no solamente conocer la vida que se hace en las concesiones europeas, sino internarse en las provincias, para comprender la suma de sacrificios y privaciones que los misioneros se imponen al establecerse en aquellas pequeñas colonias de indígenas convertidos. Este malestar de nuestros misioneros, debe en parte atribuirse á la imperfecta organización que tienen nuestros conventos de Manila, que surten de personal á los distritos chinos y anamitas confiados á su cuidado. En primer término, los frailes jóvenes se reclutan en los pueblos rurales de España, pudiendo asegurar por mi larga experiencia de China, que jamás encontré un profeso salido; de ninguna ciudad de segundo ó tercer orden. Se les encierra en los colegios españoles de Ocaña, Valladolid ó el Escorial, en donde deben consagrarse exclusivamente al estudio de la teología, y una vez terminada su carrera solicitan la autorización del Ministerio de Ultramar para pasar á Filipinas. Ésta es siempre concedida, por lo cual leemos con frecuencia en los periódicos el anuncio de la salida de las misiones, compuestas ordinariamente de doce á quince personas.

Al llegar á Filipinas estos misioneros, son encerrados en los conventos de la capital, en donde permanecen algún tiempo para habituarse á la vida monástica, y acabar sus estudios ú ordenarse in sacris. Entonces se explora la voluntad de los jóvenes frailes para saber cuáles son los que desean pasar como misioneros á China, y los que prefieren quedarse en las islas; la inmensa mayoría opta por lo segundo, en cuyo caso se les envía primero como Vicarios á algún curato de los numerosos que tienen á su cargo las 6rdenes monásticas, hasta tanto que su experiencia ó sus servicios autorizan para á su vez nombrarles párrocos de algún pueblo, puesto que suelen desempeñar por toda la vida, pues son raros los que vuelven á residir en el convento, á no ser inhabilitados por viejos y achacosos.

Los que optan por ser misioneros en el continente asiático, son inmediatamente expedidos al Vicariato á que se les destina. Y esto se hace sin preparación alguna, sin que tengan la menor noción ni del país adonde van, ni del género de vida que, deben hacer, ni de la lengua extraña y difícil que deberán hablar. Ya para nosotros, los que en cumplimiento de otros deberes hemos ido alguna vez á las lejanas regiones del Extremo Oriente, es sumamente dura la iniciaci6n á aquella vida tan diferente de la nuestra, en la cual el europeo debe renunciar á todas sus costumbres y adquirir otras á las que difícilmente se amolda; sin contar las contingencias á que le expone el cambio radical de clima que sufre y la diferencia de alimentación, que frecuentemente altera su salud.
Pues cuéntese que nosotros vamos allá, destinados a vivir en una concesión extranjera, en medio de una colonia, más ó menos numerosa, de europeos y en algunos casos de compatriotas, que encontramos muchas facilidades para nuestro establecimiento; nos reciben personas amigas, y así sentimos menos la pérdida de las comodidades, y el aislamiento á que aquella sociedad nos condena todo el tiempo que en ella estamos desterrados. Además, desde el primer día de nuestra llegada, empezamos á mirar hacia el porvenir más ó menos próximo de la vuelta á Europa, y nos consolamos pensando que cada día transcurrido es uno menos en la cuenta que fija el plazo de la liberación, liberación es el dejar tan ingratos países donde suele perderse con frecuencia la salud para el resto de la vida, y vuelto á la vida de la libertad, es la idea de regresar al seno de la madre patria.

¿Cuán diferentes son las condiciones en que el misionero español se dirige á China! Ya he dicho que carece de toda preparación anterior, que ignora los rudimentos del idioma, y que no conoce el término del rudo trabajo á que se le destina. No se sabe más que una cosa; el día que se prestó voluntariamente para ir á las misiones del continente, renunció para siempre no sólo volver á España, sino siquiera á las islas Filipinas, en donde se hallan sus amigos, sus compañeros, su convento y su patria. El misionero destinado al Tonkín ó al Celeste Imperio, no debe salir nunca más del territorio de su Vicariato, á menos que su elección á un cargo en la orden ó su elevación á dignidad eclesiástica le den derecho á romper los estrechos moldes á que le sujeta la triste condición del misionero.

Al entrar un novicio en China, es destinado durante algunos meses al lado de un viejo misionero para que aprenda la lengua del país. Su maestro es cualquier catequista indígena, con el cual en breve saldrá para ponerse al frente de una iglesia y á dirigir una colonia de cristianos. Naturalmente, sólo la práctica, y una práctica muy continuada, puede suplir las deficiencias de esta falta de educación, tanto más sentida cuanto que casi todas las cuestiones que los frailes tienen con los mandarines, se reducen á diferencias de interpretación sobre el sentido de sus conversaciones y el texto de sus cartas.

Más de una vez me he visto molestado por esta falta de inteligencia, afectada ó real. Recuerdo una interminable discusión que hube de sostener con la primera Autoridad de una provincia marítima china, acerca un conflicto que ocurrió entre el gobernador de un distrito y el misionero español que residía en el mismo. Fué inútil que éste en persona me trajera la prueba documental de sus afirmaciones, y justificara hasta la saciedad la razón que le asistía contra la Autoridad que le impidió efectuar ciertas reparaciones necesarias en su casa habitación. Batido en sus últimas trincheras, aquel mandarín se excusó con que el misionero hablaba mal el chino y no pudo comprender jamás lo que quería. Y téngase en cuenta que las cartas que mediaron en el asunto fueron escritas por un indígena cristiano y estaban claramente redactadas.

Otro de los inconvenientes gravísimos con que tropiezan nuestros jóvenes misioneros, es el aislamiento y la soledad con que pronto se les deja en sus distritos. Así lo exige la extensión de éstos y el escaso personal destinado á atender las pequeñas colonias cristianas perdidas en los vastos territorios de los Vicariatos; pero esta razón que hasta cierto punto justifica el hecho, no impediría que se pensara en una mejor organización de los servicios, disponiéndolos de manera, que á lo menos se hallaran siempre juntos dos frailes españoles. La compañía de los indígenas, catequistas ó sacerdotes, es siempre insuficiente, y más aun para el que por vez primera se traslada á aquellas tierras. Debería aumentarse el personal; y esto á mi juicio, no sería difícil si los conventos de Manila atendieran sus misiones de China con el mismo celo que cuidan las que poseen en las diferentes provincias filipinas. Con su aislamiento actual, los novicios se hallan por mucho tiempo desorientados, los servicios que restan no valen el sacrificio que se imponen, y en muchas ocasiones la pérdida de su salud exige su retiro ó su abstención de todo trabajo por mucho tiempo.

De ello vi también tristes ejemplos. Una vez, por los años de 1876 ó 1877, si mal no recuerdo, se me presentó un joven misionero español en demanda de pasaporte para dirigirse al interior de China. Una misma región de la patria amada guardaba los recuerdos de nuestra infancia, é inútil es decir que procuré retenerle á mi lado todo el tiempo posible, y hablamos de todo comunicándonos cariñosamente nuestros deseos y nuestras esperanzas. Era el fraile alto, moreno, robusto; sus negros ojos, hundidos en la cernida órbita, lucían con fulgor extraordinario, y adquirían mayor brillo cuando me hablaba de sus proyectos. De fe ardiente y ánimo resuelto, sonreía incrédulo cuando yo me esforzaba en presentarle las dificultades que hallaría á su paso. Era la imagen viva de aquella convicción de que la fe allana las montañas.

Salió para su misión, y le abracé deseándole buena suerte. Seis meses después, se me presentó de regreso para Filipinas y en estado miserable. Estaba loco. Abandonado á los horrores de la soledad en lejano distrito, sin más compañía que la de un sacerdote indígena con el cual sólo podía en entenderse en mal latín y de modo muy imperfecto, aquel hombre empezó a concentrarse; su imaginación se exaltó ante las dificultades con que á cada paso tropezaba; faltóle la voluntad, extenuado su cerebro por el durísimo trabajo que el estudio de la lengua supone, y llegó el día de la crisis, triste y terrible, en que cayó víctima de tremendo ataque epiléptico. El infierno con todos sus horrores se presentó ante el mísero fraile; creíase abandonado de Dios y de los hombres, y sujeto ya en la tierra á los cruentos castigos en expiación de sus imaginarios pecados, quiso dos ó tres veces matarse, y realizara el atentado si personas amigas no detuvieran la mano que empuñaba ya el arma suicida, hasta le acudió á su amparo otro misionero que se encargó de él y le dió medios para regresar á Filipinas. Ignoro 1o que ha sido de aquel hombre, que ciertamente no hubo de pensar mas en volver á las misiones chinas. Y nada quiero decir de los que he visto sucumbir á las enfermedades propias de aquellos climas y de aquellos pueblos crueles é inhospitalarios.

Otra consideración debo apuntar, relativa á los insuficientes medios de vida en que se deja á nuestros misioneros. Desde luego las condiciones especiales de aquellos países, exigen. el absoluto sacrificio de toda comodidad. En China es preciso vivir como los chinos, y así comprendiéndolo, los frailes adoptan hasta el traje de los indígenas, vistiendo la larga túnica de algodón azul, y rapándose la cabeza y sólo dejando en ella el famoso adorno de la coleta. Sus habitaciones son iguales á las de los chinos, no distinguiéndose exteriormente ni siquiera las iglesias y capillas, que se reducen á una sala más ó menos grande, dispuesta, para el culto que en su recinto se celebra.

Nada más mezquino que estos edificios, y la necesidad exige que así sean. Los catecúmenos cristianos se reclutan hasta ahora entre las clases más bajas del pueblo chino, y entre ellas, en los barrios pobres de las ciudades, en los pueblos y caseríos rurales, debe vivir el misionero para cuidar á sus ovejas. Aun en estas condiciones se atrae el odio de los literatos y de los mandarines temerosos de que la influencia del extranjero conspire contra su poder. La posesión de los edificios pertenecientes á las misiones, es causa de un semillero de conflictos de que nunca se ven libres nuestros consulados en el Extremo Oriente. Y es de necesidad imperiosa y suprema apoyar cuantas reclamaciones presenten los misioneros, y darles la; razón aunque no la tuvieran, porque el día que los potentados chinos vean que el Gobierno español no apoya á los frailes, ya pueden éstos retirarse del país, ó resignarse á ser víctimas de todo género de asechanzas y persecuciones.
El misionero español en China, vive casi en la indigencia. Nadie ignora cuánta es la riqueza de las órdenes religiosas en Filipinas; poseen vastísimas propiedades rurales, bienes urbanos de importancia, títulos de crédito de buena renta, parroquias y curatos de cuantiosos beneficios. Es legendario el lujo que aquellos frailes desplegan en sus conventos y en sus abadías, en donde dan hospitalidad fastuosa y digna de magnates á las personas que los visitan. De esta riqueza dan además fastuoso ejemplo los provinciales de las órdenes residentes en Manila, vistiendo hábitos de finísimo y blanco lino, paseando á la caída de la tarde por las orillas del Pasig, muellemente reclinados en su coche de ocho resortes que tira costoso tronco de briosos caballos. Al verles, se comprende la distancia que se para á nuestros frailes de hoy, de aquellos mendicantes que ofrecían sus predicaciones y sus rezos á cambio de una limosna.

Sin embargo, este lujo y este bienestar no salen jamás de las islas Filipinas. El misionero en los Vicariatos del Tunkin ó de la China, llega á su distrito sin más equipaje que los hábitos que lleva puestos, y desde entonces sólo recibe mensualmente una cantidad en dinero que de ordinario no excede de 50 pesetas. Con ella debe mantenerse, pagar sus criados, muchas veces atender al culto y aun socorrer á los cristianos, quienes muy raramente aprecian, en modo, alguno sus servicios ni le ayudan con sus limosnas. ¡Cómo le han de ayudar, por otra parte, si son todos ellos indigentes! Los Obispos, es decir, los Vicarios apostólicos que se hallan al frente de los Vicariatos, sólo reciben el doble de la pequeña cantidad que dejo arriba señalada, insuficiente como ayuda y mezquina como retribución.

Algunas veces nuestros misioneros reciben pequeños regalos de sus conventos, consistentes en vino y en chocolate, artículos de que se carece en China, y que en Filipinas abunda. También se les suele enviar tabaco. Pero por lo demás, no se les cuida ni atiende, se les deja en la más completa ignorancia de lo que pasa en su patria y en el resto del mundo, puesto que no le es permitido recibir cartas ni periódicos, ni publicaciones de ninguna especie, y se les oponen mil dificultades cuando reclaman un auxilio extraordinario para reparaciones de edificios ó para compra de terrenos. Francamente, jamás pude comprender el criterio mezquino que en Manila preside á la dirección de nuestras misiones chinas. Por un lado, se las defiende con toda resolución, y por otro se las deja sin recursos cuando es sabido que en el Celeste Imperio el dinero obra milagros.

He admirado con este motivo la rara virtud de nuestros misioneros. Ni se quejan ni reclaman nunca. Saben la importancia del sacrificio que hicieron al abdicar del mundo, y no les importan las miserias terrenas. Firmes en su voluntad, con los ojos puestos en Dios, siguen resignados el fatigoso camino de su existencia. Son dignos de todo respeto. Viéndoles en la obra aprendí á admirarles y á quererles, pues me demostraron con el ejemplo, lo que puede una convicción firmemente sustentada, y que aun en nuestros dias la religión cristiana produce héroes y santos.