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CAPÍTULO
XXVIII
Sabido
es que las órdenes monásticas españolas establecidas
en las islas Filipinas mantienen desde hace cuatro siglos numerosas
misiones católicas en el Celeste Imperio. Pero ignórase
generalmente en qué puntos estas misiones radican, de qué
personal se componen, qué influencia ejercen en el país
y qué beneficios puede España reportar de esa influencia.
Por tanto, antes de concluir el presente libro, considero pertinente
decir algo acerca de una cuestión que no carece de importancia.
Al hablar de Macao, expliqué el origen de las misiones españolas
en China y relaté las desventuras de los Padres ALFARO y PISARO.
Era aquella la vez primera que nuestros frailes, llenos de ardor por
la propagación de la fe católica, recorrían los
mares yendo desde España á América, de ésta
á Oceania y de aquí al Asia para llevar la luz de la verdad
á los que vivían en las sombras del paganismo y la ignorancia.
Iniciábase entonces para nuestros héroes la época
de trabajos y martirios, que duró desde las primeras persecuciones
de los portugueses de Macao hasta las últimas sangrientas hecatombes
del Tunkín en 1856 y 1857.
La consolidación del poder español en las islas: Filipinas
y el consiguiente establecimiento en estas islas de las órdenes
monásticas, debían, como inmediata consecuencia, vigorizar
la propagación de la fe en las vecinas tierras del continente
asiático, pobladas por infieles. Los primeros religiosos que
se lanzaron á predicar el Evangelio entre los budhistas chinos
fueron los franciscanos; les siguieron luego los agustinos y los dominicanos,
pero solamente estos últimos consiguieron establecerse sólidamente
en aquel país á pesar de los vejámenes; y de las
horribles persecuciones de que fueron objeto en el curso de los tres
últimos siglos.
Tierra fructífera para el esfuerzo de los dominicanos españoles
ha sido el Tunkín, actualmente agregado al reino anamita, pero
que hasta principios del presente siglo formó un reino independiente.
Allí nuestros Padres erigieron dos Obispados, Vicariatos, corno
se llaman en el país, y con el incesante trabajo de los pastores
y de sus devotos misioneros consiguieron crear numerosas colonias católicas
que en algunas comarcas constituyen la mayoría de sus habitantes.
El número de cristianos en en el Tunkín ha llegado á
ascender á más de un millón.
¡Cuánto sacrificio, cuánta lucha y abnegación
han sido necesarios para obtener tal resultado! Concretando mi reseña
á lo ocurrido solamente en estos últimos años,
baste recordar la horrorosa persecución decretada por Tu Duc,
aquel soberano tan imbécil como vicioso y criminal que un día
ordenó exterminar á todos los cristianos que existían
en sus dominios. Terribles fueron las consecuencias del bárbaro
mandato; á millares perecieron los anamitas convertidos, las
iglesias fueron destruidas, dispersas las misiones, y nuestros Padres
debieron abandonar el Tunkín y refugiarse en Macao, no sin haber
dejado en manos de sus feroces enemigos al Obispo DELGADO y á
cuatro ó cinco frailes españoles que en horrible suplicio
alcanzaron la palma del martirio. Hiela el alma leer la relación
de los tormentos á que nuestros infelices compatriotas fueron
condenados.
Los misioneros podían perdonar á sus perseguidores, pero
España no debía dejar impunes los atentados de que fueron
víctimas sus súbditos; y así comprendiéndolo
el Gobierno, organizó la expedición del coronel PALANCA
combinada con la que dirigieron los franceses para castigar iguales
atropellos. Era el año de 1859. Nuestros soldados filipinos se
cubrieron de gloria en aquellas jornadas y España renunció
generosamente á las ventajas territoriales que de la campaña
podía haber reportado, contentándose con exigir una pequeña
indemnización que, pagada mal y tarde, no cubrió siquiera
los gastos que ésta ocasionara, y con asegurar hasta cierto punto
la tranquilidad de nuestros misioneros en los Vicariatos tunkineses.
En efecto, desde entonces cesaron las persecuciones manifiestas y violentas
de que antes eran objeto los misioneros españoles, pero no se
evitó que los mandarines del país les incomodaran en el
ejercicio de su sagrado ministerio, les pusieran todo género
de trabas al desarrollo de su propaganda y no desperdiciaran ocasión
de negarles la propiedad ó alterarles la pacifica posesión
de sus edificios y sus templos.
Y no son estos los únicos inconvenientes con que han tropezado
nuestras misiones del Extremo Oriente. Es preciso haber residido en
aquel país, y no solamente conocer la vida que se hace en las
concesiones europeas, sino internarse en las provincias, para comprender
la suma de sacrificios y privaciones que los misioneros se imponen al
establecerse en aquellas pequeñas colonias de indígenas
convertidos. Este malestar de nuestros misioneros, debe en parte atribuirse
á la imperfecta organización que tienen nuestros conventos
de Manila, que surten de personal á los distritos chinos y anamitas
confiados á su cuidado. En primer término, los frailes
jóvenes se reclutan en los pueblos rurales de España,
pudiendo asegurar por mi larga experiencia de China, que jamás
encontré un profeso salido; de ninguna ciudad de segundo ó
tercer orden. Se les encierra en los colegios españoles de Ocaña,
Valladolid ó el Escorial, en donde deben consagrarse exclusivamente
al estudio de la teología, y una vez terminada su carrera solicitan
la autorización del Ministerio de Ultramar para pasar á
Filipinas. Ésta es siempre concedida, por lo cual leemos con
frecuencia en los periódicos el anuncio de la salida de las misiones,
compuestas ordinariamente de doce á quince personas.
Al llegar á Filipinas estos misioneros, son encerrados en los
conventos de la capital, en donde permanecen algún tiempo para
habituarse á la vida monástica, y acabar sus estudios
ú ordenarse in sacris. Entonces se explora la voluntad de los
jóvenes frailes para saber cuáles son los que desean pasar
como misioneros á China, y los que prefieren quedarse en las
islas; la inmensa mayoría opta por lo segundo, en cuyo caso se
les envía primero como Vicarios á algún curato
de los numerosos que tienen á su cargo las 6rdenes monásticas,
hasta tanto que su experiencia ó sus servicios autorizan para
á su vez nombrarles párrocos de algún pueblo, puesto
que suelen desempeñar por toda la vida, pues son raros los que
vuelven á residir en el convento, á no ser inhabilitados
por viejos y achacosos.
Los que optan por ser misioneros en el continente asiático, son
inmediatamente expedidos al Vicariato á que se les destina. Y
esto se hace sin preparación alguna, sin que tengan la menor
noción ni del país adonde van, ni del género de
vida que, deben hacer, ni de la lengua extraña y difícil
que deberán hablar. Ya para nosotros, los que en cumplimiento
de otros deberes hemos ido alguna vez á las lejanas regiones
del Extremo Oriente, es sumamente dura la iniciaci6n á aquella
vida tan diferente de la nuestra, en la cual el europeo debe renunciar
á todas sus costumbres y adquirir otras á las que difícilmente
se amolda; sin contar las contingencias á que le expone el cambio
radical de clima que sufre y la diferencia de alimentación, que
frecuentemente altera su salud.
Pues cuéntese que nosotros vamos allá, destinados a vivir
en una concesión extranjera, en medio de una colonia, más
ó menos numerosa, de europeos y en algunos casos de compatriotas,
que encontramos muchas facilidades para nuestro establecimiento; nos
reciben personas amigas, y así sentimos menos la pérdida
de las comodidades, y el aislamiento á que aquella sociedad nos
condena todo el tiempo que en ella estamos desterrados. Además,
desde el primer día de nuestra llegada, empezamos á mirar
hacia el porvenir más ó menos próximo de la vuelta
á Europa, y nos consolamos pensando que cada día transcurrido
es uno menos en la cuenta que fija el plazo de la liberación,
liberación es el dejar tan ingratos países donde suele
perderse con frecuencia la salud para el resto de la vida, y vuelto
á la vida de la libertad, es la idea de regresar al seno de la
madre patria.
¿Cuán diferentes son las condiciones en que el misionero
español se dirige á China! Ya he dicho que carece de toda
preparación anterior, que ignora los rudimentos del idioma, y
que no conoce el término del rudo trabajo á que se le
destina. No se sabe más que una cosa; el día que se prestó
voluntariamente para ir á las misiones del continente, renunció
para siempre no sólo volver á España, sino siquiera
á las islas Filipinas, en donde se hallan sus amigos, sus compañeros,
su convento y su patria. El misionero destinado al Tonkín ó
al Celeste Imperio, no debe salir nunca más del territorio de
su Vicariato, á menos que su elección á un cargo
en la orden ó su elevación á dignidad eclesiástica
le den derecho á romper los estrechos moldes á que le
sujeta la triste condición del misionero.
Al entrar un novicio en China, es destinado durante algunos meses al
lado de un viejo misionero para que aprenda la lengua del país.
Su maestro es cualquier catequista indígena, con el cual en breve
saldrá para ponerse al frente de una iglesia y á dirigir
una colonia de cristianos. Naturalmente, sólo la práctica,
y una práctica muy continuada, puede suplir las deficiencias
de esta falta de educación, tanto más sentida cuanto que
casi todas las cuestiones que los frailes tienen con los mandarines,
se reducen á diferencias de interpretación sobre el sentido
de sus conversaciones y el texto de sus cartas.
Más de una vez me he visto molestado por esta falta de inteligencia,
afectada ó real. Recuerdo una interminable discusión que
hube de sostener con la primera Autoridad de una provincia marítima
china, acerca un conflicto que ocurrió entre el gobernador de
un distrito y el misionero español que residía en el mismo.
Fué inútil que éste en persona me trajera la prueba
documental de sus afirmaciones, y justificara hasta la saciedad la razón
que le asistía contra la Autoridad que le impidió efectuar
ciertas reparaciones necesarias en su casa habitación. Batido
en sus últimas trincheras, aquel mandarín se excusó
con que el misionero hablaba mal el chino y no pudo comprender jamás
lo que quería. Y téngase en cuenta que las cartas que
mediaron en el asunto fueron escritas por un indígena cristiano
y estaban claramente redactadas.
Otro de los inconvenientes gravísimos con que tropiezan nuestros
jóvenes misioneros, es el aislamiento y la soledad con que pronto
se les deja en sus distritos. Así lo exige la extensión
de éstos y el escaso personal destinado á atender las
pequeñas colonias cristianas perdidas en los vastos territorios
de los Vicariatos; pero esta razón que hasta cierto punto justifica
el hecho, no impediría que se pensara en una mejor organización
de los servicios, disponiéndolos de manera, que á lo menos
se hallaran siempre juntos dos frailes españoles. La compañía
de los indígenas, catequistas ó sacerdotes, es siempre
insuficiente, y más aun para el que por vez primera se traslada
á aquellas tierras. Debería aumentarse el personal; y
esto á mi juicio, no sería difícil si los conventos
de Manila atendieran sus misiones de China con el mismo celo que cuidan
las que poseen en las diferentes provincias filipinas. Con su aislamiento
actual, los novicios se hallan por mucho tiempo desorientados, los servicios
que restan no valen el sacrificio que se imponen, y en muchas ocasiones
la pérdida de su salud exige su retiro ó su abstención
de todo trabajo por mucho tiempo.
De ello vi también tristes ejemplos. Una vez, por los años
de 1876 ó 1877, si mal no recuerdo, se me presentó un
joven misionero español en demanda de pasaporte para dirigirse
al interior de China. Una misma región de la patria amada guardaba
los recuerdos de nuestra infancia, é inútil es decir que
procuré retenerle á mi lado todo el tiempo posible, y
hablamos de todo comunicándonos cariñosamente nuestros
deseos y nuestras esperanzas. Era el fraile alto, moreno, robusto; sus
negros ojos, hundidos en la cernida órbita, lucían con
fulgor extraordinario, y adquirían mayor brillo cuando me hablaba
de sus proyectos. De fe ardiente y ánimo resuelto, sonreía
incrédulo cuando yo me esforzaba en presentarle las dificultades
que hallaría á su paso. Era la imagen viva de aquella
convicción de que la fe allana las montañas.
Salió para su misión, y le abracé deseándole
buena suerte. Seis meses después, se me presentó de regreso
para Filipinas y en estado miserable. Estaba loco. Abandonado á
los horrores de la soledad en lejano distrito, sin más compañía
que la de un sacerdote indígena con el cual sólo podía
en entenderse en mal latín y de modo muy imperfecto, aquel hombre
empezó a concentrarse; su imaginación se exaltó
ante las dificultades con que á cada paso tropezaba; faltóle
la voluntad, extenuado su cerebro por el durísimo trabajo que
el estudio de la lengua supone, y llegó el día de la crisis,
triste y terrible, en que cayó víctima de tremendo ataque
epiléptico. El infierno con todos sus horrores se presentó
ante el mísero fraile; creíase abandonado de Dios y de
los hombres, y sujeto ya en la tierra á los cruentos castigos
en expiación de sus imaginarios pecados, quiso dos ó tres
veces matarse, y realizara el atentado si personas amigas no detuvieran
la mano que empuñaba ya el arma suicida, hasta le acudió
á su amparo otro misionero que se encargó de él
y le dió medios para regresar á Filipinas. Ignoro 1o que
ha sido de aquel hombre, que ciertamente no hubo de pensar mas en volver
á las misiones chinas. Y nada quiero decir de los que he visto
sucumbir á las enfermedades propias de aquellos climas y de aquellos
pueblos crueles é inhospitalarios.
Otra consideración debo apuntar, relativa á los insuficientes
medios de vida en que se deja á nuestros misioneros. Desde luego
las condiciones especiales de aquellos países, exigen. el absoluto
sacrificio de toda comodidad. En China es preciso vivir como los chinos,
y así comprendiéndolo, los frailes adoptan hasta el traje
de los indígenas, vistiendo la larga túnica de algodón
azul, y rapándose la cabeza y sólo dejando en ella el
famoso adorno de la coleta. Sus habitaciones son iguales á las
de los chinos, no distinguiéndose exteriormente ni siquiera las
iglesias y capillas, que se reducen á una sala más ó
menos grande, dispuesta, para el culto que en su recinto se celebra.
Nada más mezquino que estos edificios, y la necesidad exige que
así sean. Los catecúmenos cristianos se reclutan hasta
ahora entre las clases más bajas del pueblo chino, y entre ellas,
en los barrios pobres de las ciudades, en los pueblos y caseríos
rurales, debe vivir el misionero para cuidar á sus ovejas. Aun
en estas condiciones se atrae el odio de los literatos y de los mandarines
temerosos de que la influencia del extranjero conspire contra su poder.
La posesión de los edificios pertenecientes á las misiones,
es causa de un semillero de conflictos de que nunca se ven libres nuestros
consulados en el Extremo Oriente. Y es de necesidad imperiosa y suprema
apoyar cuantas reclamaciones presenten los misioneros, y darles la;
razón aunque no la tuvieran, porque el día que los potentados
chinos vean que el Gobierno español no apoya á los frailes,
ya pueden éstos retirarse del país, ó resignarse
á ser víctimas de todo género de asechanzas y persecuciones.
El misionero español en China, vive casi en la indigencia. Nadie
ignora cuánta es la riqueza de las órdenes religiosas
en Filipinas; poseen vastísimas propiedades rurales, bienes urbanos
de importancia, títulos de crédito de buena renta, parroquias
y curatos de cuantiosos beneficios. Es legendario el lujo que aquellos
frailes desplegan en sus conventos y en sus abadías, en donde
dan hospitalidad fastuosa y digna de magnates á las personas
que los visitan. De esta riqueza dan además fastuoso ejemplo
los provinciales de las órdenes residentes en Manila, vistiendo
hábitos de finísimo y blanco lino, paseando á la
caída de la tarde por las orillas del Pasig, muellemente reclinados
en su coche de ocho resortes que tira costoso tronco de briosos caballos.
Al verles, se comprende la distancia que se para á nuestros frailes
de hoy, de aquellos mendicantes que ofrecían sus predicaciones
y sus rezos á cambio de una limosna.
Sin embargo, este lujo y este bienestar no salen jamás de las
islas Filipinas. El misionero en los Vicariatos del Tunkin ó
de la China, llega á su distrito sin más equipaje que
los hábitos que lleva puestos, y desde entonces sólo recibe
mensualmente una cantidad en dinero que de ordinario no excede de 50
pesetas. Con ella debe mantenerse, pagar sus criados, muchas veces atender
al culto y aun socorrer á los cristianos, quienes muy raramente
aprecian, en modo, alguno sus servicios ni le ayudan con sus limosnas.
¡Cómo le han de ayudar, por otra parte, si son todos ellos
indigentes! Los Obispos, es decir, los Vicarios apostólicos que
se hallan al frente de los Vicariatos, sólo reciben el doble
de la pequeña cantidad que dejo arriba señalada, insuficiente
como ayuda y mezquina como retribución.
Algunas veces nuestros misioneros reciben pequeños regalos de
sus conventos, consistentes en vino y en chocolate, artículos
de que se carece en China, y que en Filipinas abunda. También
se les suele enviar tabaco. Pero por lo demás, no se les cuida
ni atiende, se les deja en la más completa ignorancia de lo que
pasa en su patria y en el resto del mundo, puesto que no le es permitido
recibir cartas ni periódicos, ni publicaciones de ninguna especie,
y se les oponen mil dificultades cuando reclaman un auxilio extraordinario
para reparaciones de edificios ó para compra de terrenos. Francamente,
jamás pude comprender el criterio mezquino que en Manila preside
á la dirección de nuestras misiones chinas. Por un lado,
se las defiende con toda resolución, y por otro se las deja sin
recursos cuando es sabido que en el Celeste Imperio el dinero obra milagros.
He admirado con este motivo la rara virtud de nuestros misioneros. Ni
se quejan ni reclaman nunca. Saben la importancia del sacrificio que
hicieron al abdicar del mundo, y no les importan las miserias terrenas.
Firmes en su voluntad, con los ojos puestos en Dios, siguen resignados
el fatigoso camino de su existencia. Son dignos de todo respeto. Viéndoles
en la obra aprendí á admirarles y á quererles,
pues me demostraron con el ejemplo, lo que puede una convicción
firmemente sustentada, y que aun en nuestros dias la religión
cristiana produce héroes y santos.
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