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Autor: ARGENSOLA, Bartolomé Leonardo
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| Localización y transcripción: Anna Busquets i Alemany |
Descripción de la China
Es la región de los Sinas, que llaman Chinas, última de las tierras
de Asia. Por el Oriente y mediodía la cerca el Océano, que los
antiguos llamaron Serico; por la parte de Occidente toca los fines de la India
ulterior; por la Septentrional los de los Masagetas y Scitas. Haber dilatado
los Chinas el Imperio a más augustos límites, sus anales, sus
letras y tradiciones antiguas lo dicen; conforman con ellas los vestigios de
ilustres edificios, no sólo las ruinas en que todavía se manifiesta
su primera soberbia, sino ciudades que el tiempo ha conservado deshabitadas,
y parecen ahora en las provincias que excluyeron de su distrito. Muchas son
las que se denominan y confiesan ser su origen de la China; porque como aquel
inmenso Imperio se sintiese fatigado de sus mismas fuerzas agravado de su magnitud
(el mismo consejo se lee que tomaron los Cartagineses hallándose en igual
estado y por las mismas causas), como prudente enfermo para evitar mayor daño,
alivió las venas, castigó y reformó la lozanía del
sujeto; estrechóse a más breves límites, proporcionados
con el cuidado humano, para que la luz de su Príncipe pudiese alcanzar
y comunicárseles lo cual no se consigue cuando la esfera excede a la
actividad). Promulgaron contra quien saliese de la China, sin permisión
de sus Magistrados, edictos no indispensables; desampararon extensísimas
provincias, las cuales, quedando expuestas a la tiranía y a la infidelidad,
después de largas guerras cedieron a los más poderosos. De aquí
comenzaron los Reyes de la India, obligados a no dejar las armas, a no guardar
fe para sustentarse unos contra otros, hasta que otro mayor poderío los
avasallase. En la China, quince Reinos, o provincias de suma grandeza, cuentan
cada cual con su Metrópoli o grandeza; los demás son mediterráneos.
La tierra, porque la mayor parte se contiene en los término de clima
templado y recibe en el puro y abierto seno rayos vitales del sol, goza de saludable
cielo y de la suavidad de aire sereno: de estos favores se le consigue tanta
fertilidad, que responde cada año con dos y tres cosechas: ayuda a la
fecundidad la suma industria de los cultores; es infinito el número de
ellos, como gente que multiplica mucho cada día, y por serles prohibido
el salir a provincias ajenas; ni entre tan copiosa turba de hombres es lícito
a ninguno vivir ocioso, no solamente con privada afrenta y por denuestos de
los vecinos, sino por costumbres y leyes públicas ese castigada la ociosidad;
así los labradores ni una mínima parte del campo consiente inculta;
los valles y collados crían vides y pinos; los campos llanos arroz, cebada,
trigo y las otras mieses necesarias; bien que no exprimen las uvas como nosotros
para sacar el vino: guárdanlas par comer; y de la yerba llamada chía
destila un saludable licor caliente; éste beben y también los
Japones: éste los preserva de catarros, jaquecas y humores que corren
a los ojos y viven largas vidas sin enfermedades. Alguna de estas regiones carece
de olivos per no les faltan plantas que les dan licor para ungirse; pastos,
jardines, frutas, flores con perpetuidad abundan; ríos navegables que
sufren grandes navíos, llenos de maravillosos peces; riberas vestidas
de verduras, con puertos capacísimos y comercios de todas las cosas humanas;
aves de vario plumaje y de pasto sustancial y apacible; venados grandes y muchos;
capacísimos lagos, bosques, montañas, metales de oro, plata, hierro
y los demás de que sus mismas minas los arman; perlas y piedras; su barro
no imitable (las porcelanas); pieles preciosas contra el frío; sedas,
lanas, algodón, lino; su azúcar, su miel, ámbar, bermellón
y lacre... ¿quién los contará? El almizcle (de que no se halla
mención entre escritores Griegos ni Latinos) abunda en china más
que en otras partes. La gente son que más ama los regalos y lasciva de
la vida; sólo ellos venden siempre todas las cosas; no compran ninguna
de las que Naturaleza y el arte dan para las ropas y pimienta de la India, ni
hubiera lugar para admitir comercio ajeno si no predominara en los Chinos increíble
sed de plata y oro: el que sacan de las entrañas de las minas esconden
como ellas mismas; el que traen de remotas provincias acumulan y sepultan. Narración
infinita causarían sus edificios públicos y privados; doscientas
ciudades de insigne grandeza cuenta; inferiores, en mucho mayor número,
villas y castillos; aldeas de más de tres mil familias cada una, edificadas
de ladrillos de barro o masa de porcelanas; cercadas de selva continuada, fuentes
y ríos, torres con soberbios chapiteles, casas de campo, templos, bien
que de aquella informe pintura, pero costosos, y los simulacros feos y varios
en que responden los demonios; esto no en todas las partes, porque muchas no
conocen dioses ni Religión. La vida dicen que fue siempre don común
y uniforme a todos los vivientes; que los hombres sangre humana bebieron en
sus principios y comieron carnes crudas; después el uso de la razón
proveyó a la necesidad y al gusto, inventando el guisar y perfeccionar
la comida al fuego, en vasijas y otros instrumentos: lo mismo les acaeció
en los socorros de la desnudez humana; de manera que a sí mismo y solo
se debe el hombre lo que goza, y quien le cargó yugo de Religión
y de reconocimiento de causa superior a la Naturaleza, no pretendió más
que entristecerle y tiranizar su libertad. Con esta impía credulidad
y pestilente ateísmo, resisten a la eterna salud con que nuestras armas
y nuestros predicadores les convidan: sólo atienden a la generación,
aunque no sin distinción; las madres de familias hacen el matrimonio
legítimo; précianse las matronas de suma honestidad; las concubinas
en casas apartadas se sustentan; ni faltan comedias ni representaciones: sus
tradiciones, fabulosas o verdaderas, huelgan de ver en los teatros; sus convites,
sus mesas, sus asientos de ébano y de otras materias preciosas; sus navíos,
sus espectáculos, carros, literas, ejercicios de armas y caballos; y
finalmente sus costumbres privadas, no sería dificultoso referir en este
lugar si todas fueran a su propósito. Diremos algo de las públicas
y políticas para inteligencia de algunos sucesos de Filipinas, de donde
comenzó en estos tiempos la recuperación de nuestras Malucas.
Llaman Loitias a los Grandes: de éstos elige el Rey los Jueces y Consejeros;
de Magistrados inferiores que introducen la fuerza y autoridad Real, hasta en
los casos mínimos, es el número casi infinito. En cada pueblo
son cinco los de mayor poder, y extranjeros para que juzguen más libres
de toda pasión. El superior a todos se llama Tután, lo mismo que
en Europa Virrey. El segundo lugar en dignidad tiene el Poncasio; cuida de los
tributos Reales; guarda los tesoros, no sin gran número de escribanos
y otros ministros: los salarios y mercedes pasan por su mano. Síguele
el Ancasio: preside a causas criminales graves. El Aitán a todas las
obras de guerra: escribe los ejércitos, fabrica los navíos y su
primera ocupación es velar sobre las guardas para que ningún extraño
entre en los pueblos mediterráneos. El Aitán está propincuo
en dignidad el Luitisio; ha de ser hombre experto en la guerra, a cuyos ministerios
les suele el Aitán enviar. Bien sé que hay otros Magistrados,
sus nombres y dignidades, que de intento callo; todos (sino el Luitisio) guardan
grande majestad. Son del Consejo diez escogidos, bien que desiguales en la autoridad;
cinco se asientan a la diestra, los demás a la otra parte. Muchas veces
en hábito disimulado se mezcla el Rey entre sus Jueces y litigantes,
para informarse de las causas y de los juicios y comprender ambas cosas a vista
de la misma verdad; suele, cuando le parece, darse a conocer, y en el punto
que se manifiesta quedan todos en silencio lleno de veneración y horror
esperando lo que ordena; él luego reprende o alaba los unos y los otros;
premia o castiga antes de salir del tribunal. Sus mandarines y ministros graves
son tratados con tanto respeto que nadie osa mirarles a la cara; y ellos las
muestran siempre tan severas, que sería suma descompostura quebrar la
severidad ni con una modesta risa; esto hacen cuando pasan por las calles a
vista del pueblo: entre ellos el mayor honor es traer ceñido alfanje
guarnecido de oro y sombrero amarillo. Cuando el Presidente muere, le sucede
el Juez más antiguo; éstos visitan las provincias y las reforman,
y todos traen la insignia del Rey en los hombros, y en los pechos una sierpe
tejida de oro. cuando hacen estos viajes con limitar el aparato disminuyen o
evitan el gasto de ellos. Recién electos, cuando aprenden posesión
del Magistrado, suelen salir en medio de escuadrones de infantería y
caballería, todo género de músicas y de pompa; las calles
y edificios las muestran en las colgaduras y otros adornos; todo el gasto de
las lites, tribunales y los demás requisitos de ellas, se administra
de los tesoros Reales. Los mandarines son Gobernadores o Virreyes; no hay en
China Duques, Marqueses ni Condes, ni reconocen dignidad que no sea participada
de la de su Rey: y bien que por la parte que confina con Scitia, siguen las
gentes a Mahoma; en todas las demás se idolatra, y se juzga y trata de
Dios como materia de risa; una creen que es la vida, una muerte de los brutos
y de los hombres. Con pretexto político de tener sospechosa cualquier
novedad, a ningún cuidado viven más atentos que a impedir toda
religión peregrina; pero sobre todas resisten a la verdadera, aborreciendo
lo que ignoran, y la temen como si los ministros de ella entraran a predicarla
armados y al estruendo de atambores en ejércitos formados. Unos hombres
descalzos y casi desnudos, que profesan gran pobreza y predican virtudes morales
y sobrenaturales, fundadas en humildad y paz, los espantan; cáusanles
tal horror que si el intento que seguimos lo permitiera, o no anduvieran ya
relaciones de esta verdad, contáramos no pocos casos, en prueba de este
odio ciego; de aquí se debe inferir cuanta mayor necesidad de socorro
del cielo tienen estas naciones, y las que su vecindad las tiene puestas al
contagio o al peligro de su obstinación; debe también el lector
considerar, que aunque en el ministerio de la predicación evangélica
se mezclen alguna vez la avaricia y otros excesos de nuestros Capitanes y soldados,
semejantes demasías no hacen menos justa la causa; considere también,
que, dado caso que por excelente razón de Estado, quisiese Su Majestad,,
como dijimos que se trató, desamparar aquellas partes de Asia (como lo
hicieron los Chinos) y estrechar el ámbito de su Monarquía, la
causa de la Fe no lo permite. Ministros son nuestros Reyes de ella, e hijos
de la Iglesia Católica, y cualquier guerra que por introducción
del Evangelio se haga, es importantísima y de suma ganancia, aunque sea
por adquirir o cobrar provincias desiertas; además que las Filipinas
han mostrado cuán dóciles son sus naturales y cuán bien
se aprovechan del ejemplo y compañía de los Españoles;
las muestras del afecto con que han recibido la Fe, y ayudan a los Religiosos
que la extienden y llevan a la China, al Japón, a Camboja, Mindanao,
a las Malucas y a las demás enquien dura la idolatría o amistad
con los demonios, que les dejaron los dueños antiguos cuando las excluyeron
de su dominio, o las ficciones de Mahoma que después admitieron. Éste
es el fin primero de conservar aquellas provincias; y las rentas y riquezas
que se disfrutan en ellas, y mucho más, se consumen en los socorros y
aparatos que España sustenta para la predicación y seguridad de
los ministros Eclesiásticos; y también, porque con las mudanzas
de los tiempos, han mudado muchas veces en la China los consejo y mostrado arrepentimiento
de haber abreviado el Imperio con el distrito. No pasa ningún año
sin amenazas de ejércitos Chinas; de que se alistan las naciones; que
se fabrican navíos que los consagran y dedican con solemnidad a sus Dioses
de escultura, o al Sol, Luna o estrellas que en alguna parte adoran, publicando
y pidiendo en sus vanas oraciones victoria contra los Españoles que ocupan
aquellas tierras que ellos dejaron por imprudencia. Quede, pues, para prevención
de los sucesos que luego veremos, puesta aquí esta breve noticia de los
Chinas o Sangleyes; los cuales, no solamente resisten a la verdad, pero con
ser interesales y siervos de la ganancia, y tan forzoso para conseguirla por
medio de sus industrias y de sus mercancías, conservar la amistad de
los vecinos, ninguna cosa hay menos segura que su fidelidad o (por dales más
propia voz) que su disimulación. Dichosos ellos si cuando la China les
retiró el dominio retira también los errores de la adoración.